google-site-verification: google5c087a0da00728df.html 'cookieOptions = {...};' msg,En este sitio se utilizan cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios. Si continúas navegando, entendemos que aceptas su uso. RUDY SPILLMAN E S C R I T O S: Reina por un día (relato autobiográfico)

domingo, 14 de octubre de 2018

Reina por un día (relato autobiográfico)


Hace muchos años, cuando por primera vez me vi convertido en padre de una hermosa criatura (luego llegaron otras tres), fui desarrollando la habilidad de inventar pequeños juegos con los que entretendría a mis hijas e iría reforzando inconscientemente nuestra relación padre-hija. Dichos juegos irían variando con el tiempo y según sus edades. Uno de los que más recuerdo (y también ellas) es el de la “araña”. Mi mano se veía convertida en una agresiva araña que se desplazaba veloz en sus largas patas (los dedos de mi mano) atacando con cosquillas el cuello, axilas y la cintura de sus víctimas (mis hijas). Ellas podían neutralizar al pseudo insecto por algunos momentos si lograban aplicar una palmada sobre su cuerpo (el dorso de la palma de mi mano). Pero la inmovilización duraba muy poco y allí estaba de nuevo la vigorosa araña esquivando palmadas y acechando con sus mortales cosquillas. Sus ojitos abiertos como lamparones y las incontenibles carcajadas de mis niñas habían sido motivo suficiente para haber creado el entretenimiento.

Otro juego que recuerdo con mucho cariño y que terminó convertido en algo muy serio fue “Reina por un día”. Al llegar el día del cumpleaños de alguna de mis hijas (y que luego se extendió al de mi mujer también), la agasajada recibía el privilegio de no tener que cumplir con sus acostumbradas obligaciones. Elegía cómo deseaba pasar su día, recibiendo todos los mimos y atenciones del resto de la familia. Decidía si se preparaba una gran cena en casa, o fuera. Y qué tipo de comida le apetecía. Faltando un minuto para las doce campanadas posteriores que darían por finalizado su reinado, la familia en pleno se preparaba para "mantearla" pero de una manera más suave que la tradicional. La intención era hacerle saber que volvía a ser una “plebeya” más con las demás.

Lo llamativo es que el éxito de este juego provocó que se extendiera hasta nuestros días. Todas, ya mayores de edad vienen a reclamar de sus padres aquellas antiguas prerrogativas. Con gusto, mi mujer y yo las disfrutamos junto con ellas. La menor de las cuatro, en su último cumpleaños intentó convencer a las hermanas de que el reinado duraba dos días. Me han hecho reír cuando vinieron a consultarme sobre las condiciones del antiguo acuerdo “real”. La pequeña de la familia debió entonces conformarse con las tradicionales veinticuatro horas de su reinado. Así fue como se enteró que para cambiar la “Constitución” del hogar sería insuficiente el voto unilateral de uno de sus miembros.
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