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martes, 30 de octubre de 2018

La temperatura de mi lugar


Espinosa la senda que nos conduce. El corolario de todo suceso es el mismo. Las formas se deforman. Los labios carnosos de las novias reclaman sus bocas. Es todo extraño en esta disparatada equidistancia de lo efímero y su persistencia. Sí saben los ignorantes que no saben y se ríen de los sabios que dudan. Todo es confusión en este orden de pigmentos, porque es la piel que nos recubre que se pellizca pero no despierta. En el sufrimiento acostumbrado como única experiencia, continúa la búsqueda del desconocido remanso. Quizás no exista. Quizás sea todo una añorada ilusión, un sentimiento inventado y nunca sentido, una repulsión por la tregua. 

Borbotones de sospecha para ambos lados nos succionan el descanso. Y respiramos el vicio de repetirnos, el don de desconocernos... la pasión por no salir del laberinto. 

Quiero recorrer el lugar donde nací y luego a otros lados ir, y continuar yendo sin detenerme en ningún lugar, sin dejar de sentir, de palpar, de accionar el reloj de la impertinencia frente al oscuro semblante del agresivo embrión. Causante de todos los males. Emprendedor de todo lo bueno, malgastando sus dotes en sobradas páginas de antiguos pergaminos. Aquellos que del polvo vienen pero a él no vuelven por quedar inscriptos para nadie. Los que arden como velas de cera eterna que se derrite y rehace conteniéndose dentro de su propio fuego que sólo apagará las dudas cuando lo sople la más fuerte ráfaga de sabia escarcha que lo moje mientras la diluye, que calme su sed mientras su llama azul la seca. Que todo vuelva a ser calor y frío en un polvoriento entorno en el que ya no se respire.

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