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domingo, 30 de septiembre de 2018

Un fantasma a mis espaldas (relato autobiográfico)

Imagen: nucleus MEDICAL MEDIA

En el mes de julio del año 2005 atravesé una operación de columna debido a una hernia de disco. Hoy día éstas suelen ser comunes, relativamente sencillas debido a los adelantos de la ciencia médica. Poseen un pronóstico bastante elevado de recuperación total del paciente y su regreso a una calidad de vida igual o similar a la que poseía. Nada de esto se dio en mi caso. El disco ejercía presión sobre el nervio siático provocando en mi pierna izquierda sensaciones muy desagradables. La misma se me dormía, se acalambraba. Yo solía sentir quemazón, hormigueo; y lo que es peor, intensos dolores que me producían renguera y la necesidad del uso de bastones canadienses. A veces los síntomas eran tan pronunciados que me postraban en la cama imposibilitándome hacer otra cosa que no fuera la ingestión de fuertes calmantes. A todo ello se agregaba la sensación de inutilidad y la desagradable experiencia de tener que ser atendido en las más elementales funciones. Pero mi verdadero drama empezó cuando una ambulancia debió llegar a mi casa y al verme los enfermeros, postrado en mi cama y sin poder moverme, decidieron sin tocarme siquiera, subirme a la camilla tomándome con mis propias sábanas. Comenzó así una etapa de hospitalización caracterizada por el uso de morfina (por suerte, sólo se precisó suministrarla una vez, el primer día), inyecciones epidurales de esteroides, sufrimiento, sufrimiento, y más sufrimiento... hasta la llegada de la intervención quirúrgica, luego de la cual los mismos continuaron pero en una intensidad disminuida que me hizo sentir después de mucho tiempo, en el paraíso. Los nuevos dolores eran como caricias para mi sufrido cuerpo. Comenzó una larga etapa de fisioterapia y luego, lentamente, natación. Mi recuperación fue francamente muy buena hasta el año 2007, en que las garras de la organización "hernias de disco" me volvieron a atrapar.

En la intervención quirúrgica se me practicó una partial laminectomy + discectomy L4-L5, lo que significa en lenguaje común, que se me había seccionado una parte del disco que sobresalía de entre las vértebras presionando sobre el mencionado nervio. De esta manera quedaba una parte del mismo entre las vértebras pero ubicado dentro, como originariamente siempre había estado.

El cirujano ortopeda, especialista en columna vertebral, que me operó la primera vez me envió a hacer una tomografía computarizada y luego un M.R.I. (Magnetic Resonance Imaging), es decir, una imagen de resonancia magnética. El resultado mostraba que la parte del disco que había quedado dentro, entre las vértebras, extrañamente se había vuelto a salir presionando nuevamente sobre el castigado nervio. El médico me insinuó que había que volver a operar. Esta vez serían largas horas, pues debía extraer por completo el disco y sellar inmovilizando dichas vértebras para lo cual se utilizarían metales. Recuerdo que en aquel momento sentí que estaban a punto de convertirme en una versión real de Terminator. Le sugerí yo al médico la posibilidad de evitar esa segunda intervención, lo cual aceptó ofreciéndome su ayuda profesional para mi recuperación y estabilidad de la patología.

Siguieron tiempos de mucha fisioterapia, continua natación y extremos cuidados que no limitaban mi vida demasiado (o así lo sentía yo). Pero debía fijarme cuánto y con qué ritmo caminaba, no levantar objetos pesados (livianos tampoco), cuidar mis movimientos, al agacharme o levantarme. La verdad es que mi minusvalía casi no se notaba (quizás no existía). Dependía de si me comparaba con un corredor olímpico o con un caracol. Y debería contar siempre con un medicamento natural, sin costo alguno y que haría milagros en mi vida: la utilización de paciencia en las dosis que yo lo decidiera.
En estas condiciones transcurrieron otros 3 años.

Largas caminatas, sucesivos y cuidadosos ejercicios de fisioterapia sin mayores trastornos, mucha natación y dolores de los que sufre cualquier persona que viene llevando su descartable cuerpo durante casi 60 años, fueron el disfrute de mi entretenida vida de esos días. Básicamente y gracias a los consejos de mi médico cirujano, la fisioterapia individual que realizo en mi casa y las tres veces por semana que acudo a una piscina, donde luego de practicar 30 minutos de natación me sumerjo en las burbujeantes aguas calientes de un jacuzzi que se encargan de hacerme los masajes necesarios luego de la natación, han hecho toda la tarea que ha permitido mi recuperación. Agreguemos a ello una dieta adecuada que me mantiene en línea y la permanente meditación, que como ya saben, forma parte de mi vida mucho antes de que aparecieran mis problemas de espalda, pero que también encuentra siempre la manera de ayudarme en cada situación adversa que se me presenta.

Ustedes se preguntarán: ¿Y qué pasó después de transcurridos esos 3 años que menciono más arriba?

Pues bien, como de costumbre, asistí a una de mis prácticas de natación. Me quito la bata, me descalzo y me dirijo hacia el borde de la piscina donde se encuentra ubicada la escalera metálica para ingresar en la misma. Dos pasos antes de llegar resbalo con tan buena suerte que mi cuerpo logra, balanceándose, mantener el equilibrio. No me caigo. "Vaya suerte", me digo a mí mismo (recordando mi delicada espalda y todo lo pasado). Doy los dos pasos que me faltan hasta llegar a la escalera, no sin esbozar una sonrisa de satisfacción por la habilidad mostrada al no caerme. Pongo el pie izquierdo sobre el primer escalón y vuelvo a resbalar, de tal manera que al caer mi pierna derecha se introduce en el pequeño espacio existente entre la pared de la piscina y las escaleras. La pierna izquierda viaja por el lado de afuera. Ambas, junto con todo mi cuerpo, hacia abajo. Hacia la caída dentro del agua. Pero con el detalle evidente que de haber terminado de caer hubiese quedado yo montado sobre ese primer escalón de metal como quien monta un caballo. Pero cayendo pesadamente sobre él. No puedo reconstruir lo que en mi mente ocurrió mientras caía porque no recuerdo lo que sucedió en esa fracción de segundo. Pero sé que pude vislumbrar el peligro para mis testículos. Mi cuerpo se contorsionó todo para evitar la caída. La planta de mi pie izquierdo (de la pierna más delicada) fue a dar con fuerza en el segundo o tercer escalón frenando la caída o cayendo parado puesto que debido a malabarismos hechos con el resto de mi cuerpo atiné a tomarme de los barrotes de la escalera. Conclusión: luego de quitar mi pierna derecha de ese angosto hueco en el que se había introducido quedé flotando en el agua con mucho dolor hasta que después de transcurridos algunos minutos el malestar se fue disipando y yo realicé feliz mis treinta acostumbrados minutos de natación. Los problemas llegaron después. Dolores en la pierna izquierda, la cadera, toda la parte inferior del lado izquierdo y la parte superior del derecho, incluyendo el brazo y el hombro.

Pasaron los días, y mientras los dolores del lado derecho se aliviaban hasta desaparecer por completo, los del izquierdo fueron en aumento hasta postrarme nuevamente en la cama sin poder moverme. De pronto y de corrido volví a ver la misma película vivida en el año 2005. Mi mente se encargó de quitarla del archivo y mostrármela para que supiera lo que podía volver a vivir. Me asusté. Me asusté mucho. Probé con un calmante anímico (1/2 miligramo de Lorivan) en una mínima dosis que causa gracia al médico (lo considera casi un placebo). Pero para mí fue suficiente debido a que no estoy acostumbrado a tomar medicamentos. Así es, fue suficiente. El temor desapareció. Entonces me dediqué a probar otro tipo de calmantes, para dolores físicos. Hasta que encontré el que me ofreciera el efecto buscado. Paso por paso. Lo primero que debía intentar luego de calmarme era el alivio necesario para lograr la independencia requerida y poder realizar los controles médicos que me dijeran cuál era el daño si es que dicho accidente había agregado alguno al que yo ya padecía. Debía evitar la hospitalización y la repetición sistemática de los tristes acontecimientos sufridos en el pasado. Y la verdad es que no me va tan mal. Los calmantes me ayudaronn cada vez más. Realicé sesiones de veinte minutos de la aplicación de una almohada eléctrica en la zona de la espalda afectada. Me manejaba de manera independiente con mis quehaceres. Aunque debo reconocer que en esa época no dejaba de recibir mimos familiares que nunca están demás, pues no arreglarían mi columna pero cosquilleaban mi alma. Y esto también, de alguna forma, era una eficiente manera de arreglarla. Visité a mi médico de cabecera, me realizaron otra tomografía computarizada. Me aseguraron que en unos días más me llegarían los resultados por correo. Pero existía otro resultado que era el que yo intentaba ver. Resbalé una vez y no supe recibir la advertencia y ver el peligro. Resbalé de inmediato, una segunda vez. Advertí entonces que contaba con tiempo. Suficiente tiempo para desafiar al dicho que asevera que "no hay dos sin tres". Y comprobarme a mí mismo que no hay nada que no se pueda cambiar cuando se trata de lograr nuestro bienestar.

Como habrán podido observar a través de mi relato, llevo un fantasma a mis espaldas. Con él he decidido entablar una mesurada amistad que me permita disfrutar de su compañía en vez de mostrarle los dientes todo el tiempo por el propio sentimiento de temor que me inspiraba. Quizás, al sentirse aceptado en lugar de rechazado, deje de molestarme. Y tal vez podamos emprender un futuro juntos, disfrutando, sin que ninguno de ambos moleste al otro.

(El artículo precedente ha sido escrito el 5 de marzo de 2010. Ocho años después puedo confirmar con satisfacción que realizo una vida normal sin ingerir ningún medicamento, sin programar cirugías y sin necesidad de fisioterapia. Es como si los hechos descriptos hubiesen pertenecido a un relato de ficción. Sólo continúo, por precausión, evitando levantar cosas pesadas y realizo caminatas diarias de 30 minutos. Mi intención es volver a correr aunque no pretendo cubrir los 5 Km. diarios que realizaba cuando la hernia de disco me sorprendió en el 2005... Con ésta continuamos amigos a la distancia, sin molestarnos el uno al otro). 

"A veces, el secreto de poder dejar de sufrir una situación
quizás radique en dejar de ofrecer resistencia"
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