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domingo, 2 de septiembre de 2018

La uña (Un relato de ficción basado en algunos hechos reales)

EL SIGUIENTE RELATO ES PROHIBIDO PARA MENORES DE EDAD.

Una historia que comienza con normalidad, pero promediando su desarrollo el protagonista queda atrapado en una macabra pesadilla de la cual parece que ya no despertará.


Hace unos años observé cómo una de las uñas de mi pie izquierdo empezaba a esconderse debajo de la piel de su mismo dedo. Nada extraño. Un fenómeno común con el que había lidiado mi padre y que sufre mucha gente. Lo que todos llamamos “uña encarnada”.

Durante varios años luché contra esa forma controvertida de comportarse de mi uña, que ni bien crecía un poco ya estaba intentando esconderse. El lugar elegido y único posible era dentro de mi propio cuerpo. Siempre buscando cortar mi piel para conseguir su cometido. Apenas yo sentía el dolor típico acometía con un par de tijeras cortando lo necesario y continuando la redondez de la misma. Así quedaba cada vez más expuesta la cutícula de mi dedo en una esquina del mismo que normalmente debía estar siempre cubierta de una uña sin complejos.

Con el tiempo me harté de intentar ser psicólogo de mi propia uña y las veces de cuasi cirujano iban aumentando en asiduidad y disminuyendo en resultados. Terminé en un quirófano real y fue donde comenzaron las verdaderas complicaciones.

La primera vez fui al hospital sabiendo que se trataba de una intervención menor asistida de anestesia local y así fue. Ningún problema. Postoperatorio con algunos dolores, calmantes, cuidados e higiene en la zona. En dos semanas, la regeneración del tejido celular y la perfección del organismo humano en todos sus componentes hicieron lo suyo. Yo no tuve nada que ver, sólo hube de esperar. Pensé que la pequeña cirugía había extirpado también el complejo de mi uña acabando con su vergüenza. Y así fue. Pero ante mi sorpresa, la intervención la convirtió en una uña extrovertida, prepotente, que sabía lo que quería y no estaba dispuesta a dejarse convencer. Empezaba una nueva etapa.

Con el tiempo la zona operada comenzó a inflamarse. Pero no se trataba de una infección. Más bien parecía ser un sobrehueso. El médico dermatólogo, dudando entre varias opciones en aquel momento sugirió que podía tratarse de una calcificación ósea, una nueva uña que crecía y con el tiempo cortaría la epidermis para continuar creciendo... o podía ser también cualquier otra cosa. Si no me dolía debía esperar. De lo contrario me ofrecía enviarme al cirujano nuevamente. Decidí esperar, pues no sentía nada más que el pequeño bulto indoloro que se regodeaba en su propio misterio.

Durante largo tiempo aquella montañita pédica mostró su intención de permanencia pero sin molestar a nadie. Hasta que un día, de manera disimulada para no levantar sospechas, abrió un pequeño orificio en la piel exhibiendo un diminuto trozo de “algo” un poco más oscuro que la uña pero que parecía estar compuesto de un evidente material calcificado. Yo lo observaba, lo tocaba y esperaba, sin saber qué hacer. Hasta que un buen día lo pude extraer con bastante facilidad. Aunque parecía hecho del mismo material que una uña el médico no se aventuró a decir de qué se trataba. Con una semi sonrisa le restó importancia. Pero la historia no terminó allí pues a lo largo de los meses volvió a crecer otro trozo y luego otro mejor desarrollado y que ya no caería semejando un fruto maduro, como sus antecesores,. Quedaría instalado allí mismo, al costado de la uña original, como mostrando su presencia con soberbia intención de permanencia en aquel extraño lugar. El cirujano lo vió, lo palpó y me dijo: “Es otra uña, con raíz propia. Hay que volver a operar”.

Previo a la segunda operación aquella pequeña cima de problemas germinantes se infectó. Baños de agua tibia con sal, luego con jabón, pomadas, ungüentos y finalmente antibiótico por boca. Sólo faltaba que me internaran en terapia intensiva de algún nosocomio, que me conectaran a aparatos electrónicos y tubos y que por último trajeran la asistencia de un sacerdote que oficiara mi extremaunción por no haberles dicho que soy judío. Y todo por culpa de aquella desgraciada uña encarnada que se había encariñado tanto conmigo.

A la segunda intervención quirúrgica llegué con una infección en remisión pero que no había desaparecido del todo. Conclusión: las inyecciones de anestesia local no supieron cubrir toda la zona y yo pude ver a la Osa Mayor, la Osa Menor y todas las demás constelaciones sin necesidad de telescopio alguno. Aún recuerdo al cirujano y su asistente volcándose sobre mi pierna y aprisionándola para que yo no me moviera, al mejor “estilo Guantánamo”, mientras uno de ellos escarbaba, cortaba y luego terminaba clavando una aguja curva, atravesando con ella mi pobre uña sana y saliendo a través de la carne del dedo para empezar a coser como lo hacían nuestras abuelas. Como siempre ocurre, todo pasó y luego de mucha atención y calmantes en casa, después de unos 45 días el dedo no había quedado muy lindo pero parecía totalmente curado. El médico me había explicado que hubo que escarbar profundo para asegurarse de haber quitado la raíz. Se me veía feliz estrenando dedo sin segunda uña. Pero dicha felicidad duró hasta que un nuevo trozo asomó a través de la piel insinuándome con prepotencia que ese sería su hogar para siempre.

La segunda uña se volvió a infectar. Debí repetir los anteriores tratamientos y tomar nuevamente antibiótico por boca. Parecía que el mayor problema que este accesorio cálcico presentaba era la continua posibilidad de infectarse debido a la misma transpiración del pie. Este riesgo se acentuaba cuando calzaba medias y zapatos cerrados. Comprobé que mientras calzara ojotas sin medias y mantuviera la higiene del pie la pequeña uña apéndice se mantendría “sana”, si es que cabe dicho término en este tipo de protuberancias.

Así llegó la tercera operación quirúrgica que no prometía demasiado. El orificio fue más pequeño pero más profundo. No había infección, lo que me permitió disfrutar de una intervención sin dolores. Pasaban los meses y realmente parecía que la tercera había sido la vencida. Pero no fue así. Un buen día la uña volvió a aparecer “como Juan por su casa”. Pero esta vez no se conformó simplemente con mostrar su presencia.

Al cabo de unos días de haber aparecido la uña de nuevo con la misma prepotencia de las veces anteriores, desperté una mañana con fuertes dolores musculares en la nuca y la espalda. Esto no parecía tener nada que ver con la uña. Al comienzo pensé que se trataba de una de mis famosas tortícolis pero como los dolores persistieran con el paso del tiempo aumentando su dolor tomé turno para visitar al traumatólogo. También debí soportar otros dolores como lo eran los de cabeza provenientes de tener que escuchar la persistente crítica de mis familiares recordándome la antigua hipocondría que me llevaba siempre a sentir dolores donde no había nunca nada. Pero esta vez era distinto así es que haciendo caso omiso a las burlas me entusiasmé a la tarde siguiente en camino a lo del médico sabiendo que de seguridad resolvería mi problema. Y así fue. Una dosis de fuertes calmantes y antiinflamatorios destruyeron mi hasta el momento sano estómago pero lograron hacer desaparecer aquellos fuertes dolores. Cosa que yo no lograba con mi nueva uña.

Transcurridas tres semanas sentí de pronto una fuerte contractura en todo el cuerpo. Fue como estar sufriendo un calambre, pero de pies a cabeza. No podía soportar el intenso dolor y para colmo de males me sucedió en medio de mis usuales prácticas de natación en el club. Me empezaba a hundir sin remedio. Al intenso dolor de toda mi masa corpórea se agregaba la imposibilidad de respirar. Pensé que era una triste forma de morir. Y no sé porqué en aquel mismo momento recordé también a mi uña intrusa. Y se me ocurrió que ella se quedaría finalmente con mi cuerpo inerte mientras yo me hundía hacia el fondo de la piscina siendo víctima y testigo de mi propia y estúpida muerte.

En el preciso momento que recobraba el conocimiento sentí que litros de agua salían de mi boca y nariz vaciando mis pulmones mientras tirado en el frío piso de ladrillo que circundaba la pileta de natación intentaba abrir los ojos. Mis oídos que se iban destapando con rapidez me permitían escuchar cada vez con mayor claridad los murmullos de la gente agolpada a mi alrededor. Hasta que logré abrir los ojos y entre las pesadas gotas de cloro que todavía me ardían pude ver una hermosa joven con rostro serio pero sereno. Luego su agradable sonrisa parecía informarme que me encontraba fuera de peligro a la vez que exponía una dentadura perfecta y digna de su belleza. Era la guardavidas y con ayuda del personal del club me trasladaron a una habitación donde realizaban masajes. Llamaron a un médico traumatólogo. Yo continuaba con fuertes dolores en todo el cuerpo. Casi no me podía mover. Me aplicaron una inyección hasta que llegara el médico. Me quedé esperando acompañado de mi benefactora. Pero sin hablar. Sólo la escuchaba a ella decirme que no era nada y que pronto me sentiría bien.

Algo muy extraño estaba sucediendo dentro de mi cuerpo. Nunca antes me había pasado ni había escuchado a nadie relatar síntomas tan raros. Con mis antecedentes hipocondríacos y lo que mi familia pensaba al respecto había decidido no hablar del tema con ellos. Hasta la idea de visitar al médico y comentárselos me cohibía sugestionándome con la sensación de que éste me enviaría directo al psiquiatra. Me quedé solo con mis padecimientos intentando entablar un diálogo con ellos que me permitiera saber qué era lo que me estaba sucediendo y porqué.

Con el paso de los días los calambres en todo mi cuerpo fueron cediendo. En realidad, no estaba seguro si estaban disminuyendo o yo me estaba acostumbrando a ellos. Empecé a ver puntos blancos que iban creciendo. Parecían copos de nieve cayendo dentro de mis ojos y que obstaculizaban mi vista. Continuaban de a poco aumentando su tamaño hasta juntarse. Quedó así formada una especie de persiana blanca que iba cayendo como un telón y dejándome ciego por momentos.

Me había tomado una licencia de un mes sin goce de sueldo en el trabajo. Esto significaba (porque ahorros no tenía) que debía contar con un préstamo de mis padres para poder solventar mis gastos mensuales. Sólo se trataba de un mes... treinta días. No era necesario armar semejante escándalo y llamarme “vago” además de “hipocondríaco”. Hubiese querido poder aplicar en hechos el orgullo que sentía y que me carcomía por dentro. Hubiese querido tirarles todo su maldito dinero a la cara pero debí humillarme y dejarme humillar mientras mi uña malparida crecía, mis calambres en todo el cuerpo me inmovilizaban, mi persiana blanca me cegaba cada vez más...

Habían transcurrido dos semanas y todos los síntomas parecían revertir. Lo extraño era que todos los dolores y padecimientos también se mostraban conectados con la uña. Cada vez que aparecía un síntoma nuevo algo distinto sucedía con ella. Al principio pensé que era yo que estaba sugestionado pero luego lo pude comprobar. Cuando el estómago se me hinchó y tuve espantosos retortijones la uña forastera se puso morada. Al caer ésta como si se hubiese podrido cedieron por completo los malestares estomacales. Luego volvió a crecer otra, como de costumbre ocurría. Y acompañándola, un nuevo síntoma distinto del anterior. Y lo mismo sucedía cada vez. Mi familia me notaba muy nervioso y se distanciaba de mí. Casi no hablábamos. Hasta que lo hicimos. Pero a los gritos.

El otro día me peleé con mi hermano mayor. ¡Fue una bronca tremenda! Estaba vomitando y me salían pedazos calcificados muy parecidos a esta p... uña que desde que empezó a germinar de mi piel no hago más que cosechar de ella m... Me salieron cantidades de uñas como la malparida. Pero mis queridos parientes parecían no ver más que simples vómitos expulsados de la boca de un maniático. Y el enargúmeno de mi hermanito en vez de compadecerse de mí y ofrecerme ayuda me echaba la culpa sobre lo que me sucedía. Decía que yo era un nene mimado, consentido siempre desde niño y que ahora lo único que estaba haciendo era intentar manipular a toda la familia que ya se había dado cuenta de todas mis triquiñuelas. ¡Casi lo mato! Hubiese querido vomitarle encima todas mis uñas juntas. Caí al piso revolcándome por los fuertes retortijones. Mi papá, mi mamá y mi hermana que allí estaban en casa en aquel momento sólo me miraban e intercambiaban miradas de complicidad con mi hermano. La escena me produjo más asco que los kilos de uñas que mi estómago contenía. “¡Después tendrás que limpiar todo esto!”, escuché decir. Y continué vomitando.

Luego de aquella pelea intenté esconderme en el baño para poder llorar tranquilo sin que me vieran. En medio de tanta angustia y lástima por mí mismo empecé a ver grandes gotas de sangre en el piso. Todas las uñas de mis manos y luego las de los pies se habían puesto moradas y chorreaban sangre por sus bordes. Un leve color violáceo iban tomando mis brazos y piernas. Me miré en el espejo: mi rostro también. Me empecé a sacar la ropa con rapidez. En diferentes partes de mi cuerpo la piel se empezaba a cortar y sangrar. Me asusté mucho. Abrí la puerta del baño. Salí gritando. Di dos o tres pasos tomándome de la pared y arrastrando manchas rojas sobre la misma. Todos llegaron corriendo. En sus rostros vi finalmente desesperación. Caí perdiendo el conocimiento.


Hoy me desperté raro. Todo duro, como calcificado. Casi no puedo más pensar. Ni hablar... Tampoco me puedo mover. Siento como si mi cuerpo estuviese todo enyesado pero por dentro. La persiana blanca de mis ojos se cerró y no volvió a desaparecer. No se levanta siquiera a medias. Estoy totalmente ciego. No, perdón, veo. Pero todo blanco. Al menos todavía escucho. Los oigo a ellos, mi familia. Parece que están todos aquí, supongo que en un hospital. Escucho a mis padres, mi hermana, mis hermanos y una de mis tías. Todos discuten, pelean. Se culpan unos a otros. Mi mamá y mi hermana lloran. Acá llega uno de los médicos. Lo intuyo por la autoridad de su voz. Y las cosas que explica sobre las que no se entiende nada. Pero yo sólo sé una cosa. Que hay una única culpable de mi situación. Me temo que en adelante no podré hacer otra cosa que crecer... y rasguñar. Caso extraño. Parece que finalmente en eso me he convertido. Y que mi familia no tendrá siquiera el descanso de poder visitar una tumba dónde poder continuar disculpándose.
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