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jueves, 23 de agosto de 2018

Establos de esperanza (un relato corto de ficción)

La extraña relación de amor y comprensión entre un caballo y su dueño. Un repentino accidente de la naturaleza despierta los sentidos de ambos llevándolos en un galope seguro hacia la libertad, cambiando sus vidas para siempre.


Los relinchos se escuchaban cada mañana y nadie sabía si el reclamo de los equinos obedecía a su apetito o se trataba de gritos de libertad pidiendo poder franquear los límites de aquellos tablones de madera. Sin embargo algo se podía intuir. Luego de que el viejo Borno hiciera su recorrido ofreciendo a cada uno su ración de avena y alfalfa, el silencio retornaba al lugar. Ya repletos los cubos de agua emprendía su regreso al casco de la estancia. Disfrutaba de comprobar cada día, al escuchar el crujiente sonido de las mandíbulas, que él era el protagonista del bienestar y satisfacción de su única familia. Pero Borno no se enteraba de lo que sucedía luego, cuando ya se había retirado de los establos.

Allí estaba Rey Pinto, el intrépido tordillo. Relinchaba con una desesperación propia de quien está muriendo. Pero el brioso animal continuaba allí, más vivo que nunca. Levantando en rebeldía sus patas delanteras, golpeando la tierra a destajo una y otra vez, revolviendo sus crines en el polvo rojizo de su malhumor, bregaba por la esperanza de poder cumplir su misión. Misión desconocida hasta la inexistencia. Quizás ni siquiera él supiera que los mismos establos preparaban su bendición.

Al día siguiente el plomo gris de los cielos se cernía sobre los campos. La eléctrica naturalidad de los rayos quebraba el aguacero. Toneladas de agua bendita caían sobre la superficie desde tempranas horas. De seguro el sol, pensaba Borno, descansaría una larga siesta sin aparecer ese día cobijado por las abultadas y plomizas almohadas de sucio algodón. Pero los caballos debían comer y tomar de todos modos. Y así fue que el encorvado pero robusto anciano se encaminó como de costumbre, lento pero seguro, entre los amplios charcos de lodo llevado por sus altas y seguras botas "Pampero" de goma reforzada, hacia sus hijos adoptivos que esperaban la ración de cada día.

Borno llegó hasta la tranquera. Los incesantes relinchos alternaban con el apabullante ronquido del cielo. Nada asustaba a nadie allí. Era la naturaleza bostezando su despertar de una manera diferente, pero por todos conocida. No había qué temer. El anciano levantó la traba de la tranquera girándola sobre su gozne metálico. En ese momento un rayo clavó sus eléctricos dientes en un tablón, partiéndolo en dos, quemando su noble madera, envuelta en humo y un incipiente fuego que de inmediato cedió ante la voracidad de la lluvia torrencial. La tranquera fue sacudida y llevada como por una ráfaga de prepotencia climatológica que golpeó el macizo cuerpo de Borno despidiéndolo unos metros frente a la entrada a los establos. El hombre quedó tendido boca abajo, desmayado, sumergido su rostro en el lodo de tanto charco. La tranquera quebrada y abierta. La libertad extendiendo sus brazos a la manada.

El cuerpo inerme de Borno era salpicado en abundancia por el galope desbocado de los caballos que de manera instantánea enfilaron campo abierto apetecidos más ante la repentina promesa de libertad y olvidando su usual ración de comida.

Ni siquiera las gruesas gotas de la tormenta con sus vientos lograban reanimar al anciano cuando un relincho se dejó escuchar desde los establos. Era Rey Pinto, que sin perder tiempo llegó hasta Borno. Con enérgicos movimientos de la testuz logró girar su cuerpo para que respirara. Continuó sacudiéndolo y emitiendo fuertes ruidos de exhalación por sus ollares en el rostro de Borno. El anciano abrió levemente sus ojos y se encontró con Rey Pinto arrodillado en sus patas delanteras, junto a él. Le sonrió mientras acariciaba su crin. No pareció muy sorprendido. El noble animal se incorporó de inmediato al intuir que ya no había peligro. Empezó a sacudir su cabeza y relinchar. Borno comprendió el mensaje y de inmediato lo montó a pelo. Usando las crines del tordillo a manera de riendas se dirigieron ambos al galope hacia la protección del casco. Con el transcurso de las horas, la naturaleza cedería en su enojo y el remolón coloso rojo despertaría de su prolongada siesta matutina.

Le tomó dos días a Borno, con la ayuda de Rey Pinto y sus perros, Blanco y Rino, recorrer las anchas praderas hasta poder encontrar y reunir nuevamente su caballada. Ya descansaba completa de nuevo, dentro de los establos.

En el porche de entrada a la casa colgaba desde entonces el tablón quebrado y quemado por aquella tormenta y que le recordaba a Borno acontecimientos que debían quedar grabados en una imagen. A partir de entonces, mientras se desayunaba cada mañana, el viejo escuchaba sus relinchos y veía luego aparecer su esbelta figura a través de la ventana. Luego de haber pastado y recorrido las praderas, Rey Pinto iba en busca de Borno para recordarle que debían ir a alimentar a la manada.
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