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miércoles, 22 de agosto de 2018

El día veintiuno (un relato corto de ficción)


Imagen de Dominio Público retocada
(Al pie de la página podás acceder al AUDIORELATO si así lo deseas)

Jose debió recorrer un largo y sinuoso camino para llegar hasta el Maestro que lo esperaba. Pero él lo había decidido así. Costara lo que costara llegaría hasta él. Era una decisión tomada. En su trayecto se interpusieron lluvias, tempestades y peligros provenientes del mundo animal ávido de su necesidad de alimentarse acorde al ciclo natural de las cosas. Pero Jose superó todos los obstáculos, subió inmensas montañas, atravesó impenetrables selvas, las plantas de sus pies dejaron una huella húmeda en lugares hasta ese momento vírgenes de la pisada de todo ser.

Luego de veinte mañanas no todas claras y soleadas, con sus noches, algunas revestidas de oscuridad final, llegó para Jose el despertar del día veintiuno. No era éste soleado ni nublado, claro u oscuro. Su dorado impregnaba toda la atmósfera. No parecía natural. Era el día. Para Jose ya no había campos ni mares, grandes montañas o peligros, habían desaparecido las junglas y las tempestades. Todo era calma y seguridad en un placentero bienestar del cual no se conocía su procedencia. Y allí estaba él, el Maestro. Ni siquiera se podía saber dónde. Simplemente estaba. Reposando su ser, en una calma que era desconocida, brillando su alrededor en un color oro que no era el sol, dio la bienvenida a Jose, sin palabras. Su suave movimiento de cabeza limpia como la luz, su medida sonrisa y su mirada repleta de empatía hicieron las veces de los mejores "buenos días" que se podían recibir. Sin embargo, Jose, temeroso de no dominar aún ese idioma, respondió: 

- Buenos días, Maestro – intuyendo que estaba aunque no lo viera. 

De inmediato supo que el Maestro lo necesitaba sentado frente a él. También cruzadas sus piernas. Ambos permanecieron así, en silencio, durante veinte minutos. Luego, Jose intentó continuar: 

- Vengo... - 

Pero el Maestro lo interrumpió con un ademán que tampoco se vio: 

- No debes hablar, hijo – sugirió. Y agregó apenas algunas palabras más. Parecía ahorrar vocablos para no malgastarlos; que no hubiese corrosión entre los mismos: 

- Sé que vienes por "La Sabiduría". Deja que ésta entre en ti. Sólo tu silencio lo permitirá. Pero el verdadero. El que no necesita de sonidos. El que no permite la confusión. 

Ambos permanecieron en la misma posición, en absoluto silencio, durante largas horas. Finalmente el Maestro decidió volver a hablar. Jose sintió como si hubieran transcurrido sólo unos cuantos segundos: 

- Cuando ya no necesites hacer preguntas es cuando recibirás todas las respuestas. Los pensamientos deben evacuar tu mente y mantenerla así, en estado puro, todo el tiempo que lo decidas voluntariamente. Es entonces cuando el conocimiento absoluto tomará contacto con el único sentimiento, el del amor. Ambos yacen en el Cosmos. Nos pertenecen a todos. Pero muy pocos saben llegar a ellos... No debes hablar. No debes "desear" hablar. Y quítate de la mente esos pensamientos que mis palabras te han causado. Lo siento. No fue esa mi intención. – 

Jose atravesó decisivos momentos de confusión. No comprendía de qué manera podría aprender, tener acceso a la Sabiduría, sin hablar ni escuchar. Era para él como entablar una lucha sin armas. Estaría perdida antes de comenzar. Pero el muchacho continuaba fatigando su alma en silencio, sin decir palabra. Sólo miraba sin ver al Maestro y deseaba profundamente creer. 

- Está bien lo que te sucede – continuó el Maestro – es normal, te sientes amordazado. Ello es lógico porque en nuestras vidas, en esta dimensión sólo comprendemos las cosas comunicándonos. O las dejamos de comprender, equivocándonos. Esto no es una lucha por lo que no requerirás de armas. Tampoco te sorprendas al descubrir que he leído tus pensamientos. Si limpias el camino de comunicación hacia las personas, finalmente te verás convertido en uno junto con todos los demás. Pero debes lograr deslizarte hacia las dimensiones donde esto ocurre. Y para ello debes confiar y desear profundamente no comprender aquí y ahora nada de lo que te ha sido enseñado. ¿Quién lo sabía para poder enseñártelo? Toda la información nace con nosotros mismos. 

En ese preciso momento en que volvió el silencio a tomar lugar, Jose fue rodeado de veinte pequeñas estrellas que no dejaban de tintinear. Poseían el mismo dorado del día pero se distiguían igual. Se sorprendió al advertir que no necesitó contarlas para saber que eran veinte. Y de inmediato se perturbó por haberse sorprendido. Cuando su sorpresa ante las maravillas que venían sucediendo disminuyó, desapareciendo finalmente, comenzó a comprender sin que nadie le explicara nada. Se acercaba a las puertas de la única y verdadera dimensión existente. 

Escuchó nuevamente la voz del Maestro poniendo cierre a su corto monólogo y pronunciando sólo veinte palabras más: 

- Es tanto el esfuerzo que invertimos en llegar a un lugar que lo único que logramos es alejarnos del mismo – 

Luego de escuchar estas reveladoras palabras entendió el porqué a pesar de sentir irrefutable la presencia del Maestro en el lugar, no sabía dónde estaba. Había sólo escuchado su voz. Porqué debía permanecer en silencio sin recibir las enseñanzas de nadie. " Toda la información nace con nosotros mismos", había dicho la voz. El Maestro era él mismo. Una apenas leve sonrisa en la comisura del labio arrugó el rostro de Jose, ya sin sorpresa. Y se pudo ver ingresando en la única dimensión. La de la verdad y el amor. 

Jose se mantuvo en la misma posición durante veinte días y veinte noches, las que para él no dejaron de ser doradas. No necesitó ingerir líquidos ni alimentos. Al finalizar el plazo, regresó a casa, satisfecho y dispuesto a reencontrarse con su familia: su mujer y su hijo. Junto con otros diecisiete vecinos, eran todos los habitantes que quedaban para comenzar con la reconstrucción del planeta. Al día siguiente, Jose se enteraba del incipiente embarazo de su mujer.

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