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lunes, 20 de agosto de 2018

De película (un cuento corto de ficción)

Un testimonio fugaz de la verdadera historia  que yace escondida detrás de algunas personalidades del ambiente público que gozan de prestigio y del respeto de la sociedad.



Se advierte al lector que ciertos párrafos del siguiente relato pueden herir su susceptibilidad. 

A pesar de sus extraños comportamientos en la escuela, Imanol había sabido mostrar aceptables parámetros de normalidad una vez recibido su diploma de bachiller. Conoció a Yoli en la Universidad de Filosofía y Letras donde los únicos exámenes que aprobó fueron los de ingreso. De la misma manera que entró a la casa de altos estudios así salió pero de la mano de su novia, la que sería su esposa a los seis meses de haberse conocido y la que le daría una hermosa hija de nombre Sara a los nueve meses de haber contraído matrimonio. Sara era también el nombre de la madre de Imanol, de misteriosos orígenes judíos y que acababa de fallecer meses antes de nacer su nieta. La madre se había ido sin develar al hijo quién había sido su padre. Asimismo, un velo de misterio y secreta intimidad cubría a los demás familiares del entonces pequeño Imanol, el que debió crecer y vivir acompañado de una progenitora desaprensiva, indiferente, intentando no compartir nunca con el hijo otra cosa que no fuera su vínculo sanguíneo. Ni siquiera pudo saber de niño, qué significaba ese largo número grabado en el brazo de su madre. Sólo de adulto pudo enterarse que dicho tatuaje lo llevaban los que habían pasado parte de sus vidas en los campos de concentración nazis. 

El nombre impuesto a su hija, Sara, fue el primer acto de suave y educado despotismo aplicado por Imanol en la relación con Yoli. Ella no sabía que su marido no había tenido nunca amigos. Que en una oportunidad había secuestrado a Yoyo, el gato de la escuela y sin que nadie supiera se lo había llevado a las afueras de la ciudad, donde a un kilómetro se encontraba un lugar al que llamaban "la pandera". Era el basural de toda la ciudad y allí llegaban cantidades de camiones y arrojaban los despojos. Imanol roció a Yoyo con combustible pero haciendo hincapié en empapar con el líquido sólo la mitad trasera de su cuerpo. Le prendió fuego y se quedó mirando, escuchando y llorando, mientras no dejaba de filmar las escenas de terror desde todos los ángulos posibles con su súper-8. Nunca nadie se enteró de lo que había hecho. Tampoco nadie sabía dónde había obtenido la cámara filmadora. Él no tenía dinero suficiente como para adquirir una y su madre no se la había comprado. Pero Imanol no era un joven de mentira fácil ni de estar inventando historias. Las personas que deseaban saber cómo la había obtenido sencillamente se quedaban con las ganas de saberlo. 

 Al sótano de la casa sólo tenía acceso él, situación que no le presentaba problemas debido al desinterés mostrado por la madre para visitar aquel inhóspito lugar. Allí el joven y extraño Imanol juntaba todo tipo de insectos e incluso algunas ratas. Solía clavarlos por las extremidades o distintas partes del cuerpo en una pizarra, estando aún vivos y aplicar en ellos todo tipo de experimentos mientras los filmaba con su cámara y lloraba. 

Estando solo en casa y luego de largos años de permanente actividad, se inició un incendio en el sótano que acabó con todo. Debido a que éste no ocasionó daño alguno a personas y fue sofocado por el mismo Imanol con el extinguidor que la madre tenía en la casa, se pudo evitar el registro e inspección ocular del lugar y consecuente análisis de la posible causa que había originado el siniestro. Tampoco existía una póliza de seguro que obligara a llevar a cabo dichos requisitos. Con aquel incendio se acabaron para siempre las macabras actividades del muchacho. Nadie nunca supo que el fuego había sido provocado de manera intencional y que Imanol había sido su protagonista. También había sido filmado por él. 

Parecía empezar una nueva etapa para el joven que vio de a poco volcar todas sus aptitudes e inquietudes en la filmación. Consiguió trabajo en una casa de fotografía y revelado mientras terminaba su último año en la escuela. Luego continuó trabajando y utilizando sus ingresos para el desarrollo de su apasionante profesión. Se inscribió en la universidad para recibir un considerable importe de dinero que la madre tenía depositado para él cuando cumpliera su mayoría de edad y con la condición de que continuara estudiando. Pero el único título con el que supo obsequiar a la madre fue el de esposo y luego de fallecida ésta, el de padre. 

Pasaron años en la mediocridad de la nueva familia hasta que a Imanol se le presentó la oportunidad de viajar a E.U.A. a estudiar dirección cinematográfica al mejor nivel. El proyecto era ambicioso y costoso pero él tenía ahorrado suficiente dinero y estaba dispuesto a todo para cumplir su sueño. Su relación con Yoli y su hijita Sara era tan distante y ausente de afecto que no tuvo necesidad de tratar el tema con ellas. Sólo se remitió a avisarle a su mujer para que le preparara una valija mediana con ropa, a la que agregó sus pertenencias personales. La pequeña Sarita se enteró sobre el viaje del padre al escucharlo dar la noticia a la madre. El día de la despedida llegó sin que nadie supiera cuando regresaría. Un beso en las mejillas de cada una de sus mujeres y una complaciente sonrisa era todo lo que Imanol tenía para ofrecerles. Una extraña mirada de adormilado afecto se dibujaba en madre e hija. La imagen del avión internándose en el cielo produjo relajación en el rostro de Yoli. La liberación de una extraña autoridad en la atmósfera y del alejamiento de posibles peligros la relajaron aún más. Pero en el fondo sabía que lo amaba y lo echaría de menos. 

Habían transcurrido largos meses de intensa labor para Imanol. Estaba contento con todo lo que había logrado aprender pero el dinero se le acababa. A su mujer le enviaba estrictamente el dinero necesario sin lujos para ella ni para la hija. En vano buscó una salida laboral en los Estados Unidos donde el mercado se encontraba saturado de personas muy capaces en la profesión y a pesar de que Imanol se manejaba bastante bien con el idioma inglés. Derrotado pero sin perder las esperanzas volvió a su país, su hogar, sus mujeres. El reencuentro fue fugaz por parte de él, como si se estuviese yendo en vez de llegar. Yoli lo encontró más extraño que nunca. La pequeña Sarita lo miraba con insistencia, buscando perpleja al padre en aquel hombre. Ambas encontraron sólo un parecido físico con el individuo que hacía un año las había abandonado. Lo único que les había permitido identificarlo. 

Con el paso de los días Yoli pudo comprobar que su marido había regresado más cambiado que nunca. Aunque le tomó muy poco tiempo luego de contraer matrimonio descubrir un ser muy extraño en él pero nunca había llegado a los extremos de comportamiento con los que su pobre mujer debió lidiar luego. Vivía entre atemorizada y sorprendida debiendo también calmar los nervios y la ansiedad de la pequeña Sarita. Hasta que sucedió lo peor. Lo que nunca Yoli hubiese podido imaginar. Hacía al menos una semana que Imanol llegaba a la casa a altas horas de la noche, casi al amanecer. Encontraba como era de suponer, a su mujer e hija durmiendo y exigía se lo dejara dormir hasta las 6 de la tarde. No era ésta su costumbre. Pero así lo había decidido él, y así se hacía. Esa tarde Yoli llegó a la casa con la hija, a la que había ido a recoger a la escuela. Ambas se habían descalzado según estrictas instrucciones de Imanol para evitar que el menor ruido lo despertara. Yoli hizo señas a su hija para que en silencio se dirigiera a su habitación. Continuó sigilosa encaminándose a la suya. Luego de corroborar que su marido dormía se iría a recostar en el sofá del living. La comida ya estaba preparada para cuando Imanol despertara. Yoli llegó en puntas de pie hasta la entrada del dormitorio y se asomó por el marco de la puerta. Horrorizada se tomó la cabeza. Su llanto y sus gritos se mezclaban en un tétrico sonido. A pasos cortos entró, se detuvo, quiso salir pero no pudo. Su brote de histeria estaba cercano al desvanecimiento. Atrajo a Sarita, la que llorando y sin saber aún porqué lo hacía se dirigió corriendo hacia la madre. Pero no se atrevió a entrar. Sólo espiaba desde el borde del marco de la puerta mientras lloraba. Yoli yacía descompuesta, tirada sobre una silla y mirando a su marido cuando podía. Su rostro rojo, desencajado, empapado en sudor y lágrimas. Mientras tanto el timbre de la casa sonaba con insistencia. Los vecinos del edificio se habían agolpado en la entrada al apartamento. Imanol yacía recostado en la cama sobre un almohadón. Parecía dormido salvo por el orificio de bala en su frente y una mancha de sangre en el pijamas a la altura del corazón. 

De pronto y en medio de la trágica escena Yoli vio a su marido moverse. Imanol abrió sus ojos y sonriendo se incorporó. Sin decir palabra la abrazó, besó su frente mojada y mirándola con cariño le señaló un ángulo cercano al cielorraso en un rincón de la habitación. Yoli pudo observar una cámara que los filmaba. Empezó a temblar de manera incontenible entre los brazos de aquel hombre. Imanol besó sus desgarbados cabellos mientras la liberaba y le decía, mirando también a Sarita que no dejaba de llorar: "Al menos hemos comprobado que me quieren... ¡Hay amor en esta familia!". Apretó el botón "stop" de su cámara y saliendo ya del triste escenario se dirigió nuevamente a su mujer: "¡No aguanto más este timbre! Cariño, sal y diles que no ha pasado nada", y se dirigió al baño a remover el maquillaje de sus supuestas heridas mortales. Unos meses después Imanol recibió una misiva de los estudios "Dreaming Stories", en Hollywood, E.U.A. Viajó de inmediato. Una semana antes, en la madrugada, cuando él ya no acostumbraba pernoctar en la casa se desató un misterioso incendio en la misma mientras Yoli y Sarita dormían. El insomnio de un vecino y su buen olfato permitió avisar a tiempo al Cuerpo de Bomberos. Así pudieron madre e hija salvar sus vidas aunque las manchas y cicatrices en sus cuerpos marcarían de por vida la magnitud de la tragedia. Pero no hay mal que dure cien años. Fuertes vientos de cambio llegaron a sus vidas. Pasaron los años y nada supieron de Imanol. Yoli encontró en David a su nueva pareja y padrastro ideal para Sarita. Una nueva familia renació de las cenizas. 

Una noche se encontraban los tres reunidos observando el espectáculo anual de entrega de los premios Oscar. El anfitrión anunciaba al ganador como mejor director: "...And the Oscar goes to...". Yoli atinó a activar el control remoto apagando el televisor. Aunque nunca supo si Sarita llegó a reconocer la figura del padre recogiendo el premio. En aquel momento David propuso salir los tres a cenar fuera.
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