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sábado, 8 de diciembre de 2018

Su... realismo (Fodixión)



"Cada cosa es lo que cada uno ve en ella"

viernes, 7 de diciembre de 2018

La línea roja (autoayuda)

Un relato verídico sobre cómo dejar de fumar



La lucha entablada entre el individuo y el cigarrillo no tiene tregua. Los que no fuman se quejan de estar haciéndolo en cierto modo involuntariamente al aspirar parte del humo provocado por los fumadores (Esto era así en la época en la que fue escrito el artículo. Hoy día las cosas han cambiado mucho en las legislaciones de todo el mundo). Los propios fumadores, una y otra vez intentan todo tipo de métodos y técnicas ofrecidas en el mercado, para lograr dejar el vicio definitivamente. Pero en la mayoría de los casos lo único que dejan es su dinero a la empresa o comercio que les ofreció el método. El sistema es similar al que se aplica con las dietas para adelgazar. De la misma manera que para disminuir de peso es necesario consumir una cantidad de calorías diaria inferior a la que se gasta o quema haciendo hincapié en una dieta balanceada para ofrecer al organismo lo necesario y que éste no enferme, así, el fumador que desee dejar el vicio no tiene más que dejar de encender cigarrillos. En ambos casos, las palabras clave son tres: fuerza de voluntad. No voy a negar que existe gente que asegura haber dejado el vicio o en su caso, reducido de peso, sin necesidad de aplicar la voluntad sino utilizando alguna otra técnica exitosa. Pero estos casos son reducidos en su número y no adaptables a las necesidades de todas las personas. Por otro lado, son tantos los métodos-trampa ofrecidos en el mercado que la misión de encontrar la técnica exitosa que no esté basada en engaños se tornaría casi imposible. El secreto quizás estribe en el método al que echaremos mano para poder lograr la utilización de nuestra "fuerza de voluntad" de manera que la tarea no se haga tan tediosa y a la vez nos proporcione resultados permanentes.

La experiencia vivida por una de mis hijas es testimonio fiel de que se puede y una fehaciente prueba de que es posible terminar definitivamente con el tabú de: "quiero pero no puedo".

Tengo 4 hijas con las que, para bien o para mal, he venido charlando largo durante sus vidas. Digo "para bien o para mal" porque en cada etapa he intentado enseñarles y aconsejarles lo mejor que pude. Me alegro por mis aciertos y sin sentimiento de culpa, lamento mis errores, que por supuesto ha habido, pues es imposible ser padre y no cometerlos. A ello agregaré que al tratarse de un padre un tanto posesivo, he intentado sortearles los caminos evitándoles sufrimientos. De esta manera les he impedido en cierto modo, vivir sus propias experiencias, tropezar, levantarse y continuar. Éste es un error elemental en la educación de los hijos, pero en cuanto lo advertí intenté ir cambiando mi conducta.

En relación al vicio de fumar, y debido a que fui un fumador empedernido desde los doce hasta los dieciocho años de edad, los consejos dados a mis hijas fueron contundentes y terminantes. Todas fueron de a poco conociendo los enormes e irreversibles estragos que el fumar produce en la salud, no sólo desencadenando tarde o temprano la muerte del fumador, sino, y lo que es peor, causando en la mayoría de los casos, sufrimientos y agonías indescriptibles y que eliminan por completo una calidad de vida mínima aceptable para el paciente.

Yo creo que encontré una forma práctica y eficaz de prevenirlas contra el flagelo de ese vicio, de manera que las atemorizara el solo hecho de pensar en "probar tan siquiera una bocanada". Hay muchas cosas en la vida que es necesario probar para poder determinar si uno las adoptará o no. Son todas aquellas cosas que después de probadas uno se asegura el poder mantener su auténtico sentido de autodeterminación si es que decide no continuar. Entonces les expliqué que la casi totalidad de los fumadores desean con desesperación dejar de fumar y no pueden. Cuando prueban por primera vez, ello consiste en una prueba, convencidos de que si así lo desean podrán interrumpir, y generalmente influidos por un grupo social dedicado a la práctica de fumar. Puede ser en la escuela, la oficina, el servicio militar, un grupo de amistades, etc. Y finalmente agregué algo así como: "si ustedes han decidido que no van a querer ser fumadoras porque saben lo nocivo que resulta para la salud, entonces ni se acerquen a él, sientan temor antes de la primer pitada, porque luego es probable que ni siquiera sintiendo un temor mayor, logren abandonar el vicio. Es lo que le pasa a toda la gente. Yo se los estoy contando antes. Por nada del mundo acepten pasar la línea roja que las introduzca en el vicio. Por ninguna razón. Antes pueden todos, porque el vicio aún no está. Después sólo muy pocos de los que quieren logran volver a su condición de no fumadores".

Pasaron muchos años y parece que de algo sirvieron mis palabras, pues de las cuatro, sólo una atravesó aquella línea roja. Ya era mayor de edad, no estaba obligada a pedirme permiso. Hacía ya varios meses que fumaba. Un día vino a verme, y llorando me dijo: ¡Vos nos avisaste, Papá! Le sonreí, la acaricié, le dije que ya era grande y que tenía derecho a tomar sus decisiones sin necesidad de disculparse. Los consejos siempre se dan para ser tomados o dejados. En algún momento y por algún motivo mi hija había decidido no escucharlos. De todas maneras ella sabía que estábamos 
juntos para emprender la lucha si deseaba abandonar.

El tiempo pasó y luego de siete años, mi hija fumaba bastante más que en un principio y había fumado durante todo ese período de forma ininterrumpida.

Hace unos meses debió atravesar una pequeña intervención quirúrgica que nada tuvo que ver con su vicio pero que de todos modos incluyó preparativos previos, anestesia general, convalescencia, descanso y finalmente su recuperación total. Todo el proceso llevó aproximadamente diez días durante los cuales por obvias razones debió abandonar momentáneamente el cigarrillo. Ella ya sabía que el fumar no sólo daña los pulmones. Sus sustancias tóxicas, al viajar de forma continua por el torrente sanguíneo se instalan y dañan aún más, los lugares del organismo que se encuentran débiles, enfermos o desprotegidos.

En la sala de espera de ingreso al quirófano esperábamos y en algún momento comentamos con mi esposa sobre la posibilidad de que nuestra hija aprovechara esa oportunidad eventual que se le había presentado y decidiera continuar de manera permanente su abstinencia del cigarrillo. Pero de inmediato fuimos conscientes de que nuestras expectativas eran muy elevadas y debíamos conformarnos con que saliera todo bien en la sala de operaciones. Por otro lado y en relación con el vicio de fumar resultaba difícil insinuarle algo pues apareceríamos cargoseándola aunque nuestra sugerencia fuese hecha una sola vez. Y es lógico, ella ya sabía lo que nosotros pensábamos al respecto entonces, psicológicamente era como volvérselo a decir.

Sólo después de casi dos semanas de la intervención quirúrgica me enteré que continuaba sin fumar. Con cierta timidez y resquemor, como quien todavía no está seguro de que la situación pudiera perdurar y sintiendo que el comentarlo sellaría un contrato de por vida que luego no pudiera cumplir, mirándome de reojo me sonrió... sin hablar. Fue mi esposa la que me dio la buena noticia frente a ella. Había estado en su apartamento y olido sus ropas, pudiendo comprobar que ese característico olor del fumador, que se impregna en sus pertenencias había desaparecido. Es decir, no fue mi hija la que nos dio la noticia. Ella sólo asintió.

Transcurrió el tiempo y a este magnífico logro se le agregó otro que colaboró a que la situación fuese aún más extraordinaria de lo que ya había sido. En vez de aumentar de peso, de manera simultánea con el logro de la abstinencia y aunque eran muy pocos los kilos que llevaba de más, comenzó también a adelgazar, cuando es sabido que quien deja el cigarrillo deberá lidiar con un aumento de peso simultáneo y que a veces llega a ser elevado y permanente. Lo que se traduce a veces y sin entrar a valorar los daños, en un cambio de vicios.

Pasaron unos días y quise charlar con mi hija, costumbre que nunca del todo dejé aunque debo reconocer que hoy, siendo ya todas adultas, con sus vidas y ocupaciones, no me resulta tan fácil encontrar el escenario adecuado y natural para el desarrollo de una charla con ellas. Excepto que ésta se haga necesaria. Entiendo que en la oportunidad, para ambos, lo fue.

Me llamó mucho la atención, después de siete años de vicio ininterrumpido y sabiendo que en el mejor de los casos los que logran ponerle fin lo hacen en forma gradual, siendo esto también lo recomendado para los grandes fumadores, que mi hija hubiese logrado de pronto un éxito tan rotundo e inmediato y además, bajar de peso de manera equilibrada. Quise saber y ella me contó.

Me dijo que todo comenzó con una prueba. El día que fue liberada del hospital, llegó a su casa y en la noche, cuando se disponía a ver una serie televisiva fue presa del primer impulso fuerte por encender un cigarrillo. Preparó el atado que se encontraba casi repleto, a su lado el encendedor y se dijo a sí misma:

"Si llego a un punto en que no puedo reprimirme más, aquí los tengo, podré echarles mano".

Este pensamiento la dejó tranquila, relajándola. Sabía que en última instancia nada le impediría encender su cigarrillo. Entonces decidió aguantar y encenderlo a la mañana siguiente. Pero fue una pequeña trampa que ella se colocó a sí misma, es decir, a su mente. Sabía que en las mañanas le era mucho más fácil no fumar. El deseo no era tan fuerte. Podría esperar hasta la noche siguiente, ocupando el día en distraerse con otras actividades. En la noche se enfrentaría a un nuevo y fuerte impulso. Pero no se hacía problema, pues estaba dispuesta a encender su cigarrillo si fuese necesario. De todas maneras había ganado un día más sin fumar.

Llegó la siguiente noche y volvió a acomodar frente a ella los cigarrillos y el encendedor. Así es como cada noche, dispuesta a terminar con su abstinencia y recomenzar con el vicio encontraba un motivo, acompañado de fuerzas suficientes, para demorarlo "un día más".

Con el paso de los días y una vez repuesta de manera tal que pudiera encarar una actividad física, comenzó a asistir a un gimnasio donde encontraba sofoco a la mayor parte de la horas diarias en que el organismo le pedía fumar. Permanecía haciendo todo tipo de gimnasias controladas, entre 2 a 4 horas diarias, hasta que empezó a sentir la necesidad imperiosa de realizar los ejercicios físicos que había empezado sólo con la intención de matar el tiempo. Había logrado cambiar una mala adicción por otra, buena. Además, adelgazaba en vez de engordar.

Éste fue el secreto para ella, según me contó: saber que cada noche o en cada uno de los momentos que se le hiciera muy difícil resistir, podría volver a fumar. Esto le otorgaba nuevas fuerzas renovadas cada vez, al saber que no necesitaba decidir no volver a fumar nunca más. Algo que en su caso hubiese ejercido tal presión que le hubiese impedido continuar con su abstinencia. Y así pasaron sus días y sus noches prometiéndose a sí misma que de ser necesario no dudaría en encender un cigarrillo.

Pero a medida que el tiempo transcurría, se alejaba cada vez más de la necesidad, primero fisiológica y luego, psicológica, que aún persistía.

En algún momento y sin que ella lo advirtiera, se produjo un "switch"(cambio) en su mente. Fue cuando soñó que encendía un cigarrillo y empezaba a fumar de nuevo. Despertó sobresaltada y angustiada hasta que pudo comprobar que había tenido una "pesadilla" y se tranquilizó. El cambio mental se había operado. Si hasta ese momento había rechazado su alejamiento del cigarrillo, a partir de ahora lo que rechazaba era su acercamiento. Buen síntoma, que sintiera temor aun antes de dar la primer bocanada. Lo que yo había infructuosamente intentado enseñarle de pequeña. Ahora el camino lo había recorrido por sus propios medios. El éxito estaba asegurado.

El relato que acabo de contar es verídico y es el deseo de mi propia hija compartirlo con los lectores, la que me ha manifestado su satisfacción de poder ayudar a tanta gente que quiere y todavía cree que no se puede.

Sólo me queda agregar que no necesariamente todo fumador con intenciones de abandonar el vicio deba encontrar la solución en un desarrollo preciso y exacto del proceso de actividades llevado a cabo por mi hija. De hecho, su experiencia y enseñanza nos deja en claro que es a nuestra propia mente a quien debemos preguntar la manera ideal de aplicar nuestra fuerza de voluntad, teniendo en cuenta nuestras fortalezas, debilidades, capacidades y necesidades para que la tarea no nos resulte tan tediosa y podamos arribar a un buen final.

Han transcurrido ya diez años y siete meses de los hechos ocurridos según el relato. El tema con mi hija es inexistente como si nunca hubiese fumado o intentado hacerlo. A veces se le ve poner cara de asco cuando por error entramos en algún sector de un lugar público donde se permite fumar.

jueves, 6 de diciembre de 2018

¡Sangra sangre!


Es vida y es muerte. Fluye en su torrente el ámbito de todo. Los desperdicios oscurecen su semblanza opacando el sentido de la existencia. La luz de los úteros anónimos la animan a sonrojar su rostro sin vergüenza. Despierta entonces las almas constantes en su desenfrenado cause de vida y más vida. Extraño ejemplo de algo que lo es todo en su cotidiano color purpúreo de esperanza.

Y el diluvio en los ojos de aquellos que su luz apagan, renuevan en transparencia la vida salada. Piden licuar los caminos que los lleven a una Nada repleta de Todo. Así descubren sin necesidad de descubrir, que el tiempo está unido en trazos de todo el alcance. El punto de la existencia es uno y lo abarca todo. La referencia es su falta de sentido, su innecesario agobio en la persistencia de una búsqueda que no existe. No es siquiera, porque está dentro de si misma. Como un útero universal pariendo úteros. Nublándolo todo para que no se entienda.

La confusión también es roja por estar llena de vida. Quema con un calor complaciente que regenera, posterga, elimina, crea... posee en sí misma la desaprensión del conocimiento, el entendimiento literal sin posibilidades de error. Porque es la experiencia misma que grita alaridos de silencio hueco, opaco, terso, deslizándose como víbora anárquica que busca un emblema. Y la panacea del desconocimiento absoluto crea todos los cerebros. Hemisferios y sus circunvoluciones en medio de tantos surcos. Como hiedra crecen los apagones. Como amapolas germina la vida. Siempre la vida. Con su sangre y su estigma. Con su esencia que respira. Hasta que ocurre lo inesperado. Y se cierran para siempre todas las heridas.
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