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viernes, 1 de febrero de 2013

La vida en mis manos

Imagen: 4FREEPHOTOS


Cuando una persona logra, desde lo más profundo de su ser, entender que en su paso por la vida él es el único responsable de todo lo bueno y malo que le pueda suceder, su vida da un giro de ciento ochenta grados. Es cuando comienza a disfrutar de lo que le toca sin odios ni reproches hacia nadie ni nada en este mundo. Y ello vendrá acompañado del no renunciamiento a sus ambiciones y objetivos puesto que cada meta que se proponga alcanzar encontrará en él todos los esfuerzos necesarios. Pero si aún así no lograra lo que se propone entenderá que se trata de un mensaje inequívoco de la propia sabia naturaleza que lo desvía hacia un destino más certero.

Existen dos motivos primordiales por los cuales nos convendrá entender las cosas de esta manera. En primer lugar, debido a que sólo podemos y debemos controlar nuestras propias vidas y no las de los demás. Tampoco tenemos control sobre todas las cosas que suceden aunque algunas de ellas se prestan a poder ser evitadas cuando son indeseables. En segundo lugar, no se trata de una visión “conveniente pero no real”. Es más real de lo que suponemos. La asombrosa e increíble recuperación de la sociedad nipona luego de haber sufrido el último tsunami con sus nefastas consecuencias incluidas las nucleares, son el más vivo y reciente ejemplo de los principios que acabamos de exponer. Los logros de Israel en su minúsculo territorio completamente desértico y en apenas algo más de medio siglo de existencia configuran otro ya harto conocido testimonio. Sobran los ejemplos individuales a nivel de autosuperación, en relación a deportistas que han logrado lo que se creía imposible, gente que se ha recuperado totalmente de enfermedades que eran en un 100% letales, profesionales que han obtenido logros inimaginables. Pero no nos confundamos con la difundida frase: “Si él puede tú puedes también”. Todos poseemos el poder para lograr todo, pero ¡ojo!, allí está siempre la madre naturaleza. Si sabemos interpretar su lenguaje, ella nos sabrá frenar en un intento que no nos pertenece ni nos conviene. 


Para finalizar, observemos lo que ocurre dentro de las familias y en especial, en la relación de pareja. Cuando dos personas se conocen son, cada una de ellas, de determinada manera. Poseen su carácter, personalidad, reaccionan de forma particular ante ciertas situaciones. Y todo ello en conjunto hace que se sientan bien juntos, comprendidos mutuamente, enamorados. No todas las situaciones son iguales pero por una u otra razón deciden unirse y compartir sus vidas. Pasan años compartiéndolas. Pero la gente cambia, algunos más y otros menos. Algunos para bien, otros no tanto. Los cambios que todos apreciamos con claridad son los fisonómicos. Se producen día a día, minuto a minuto. Son cambios que no percibimos a cada momento porque son minúsculos aunque acumulativos. Pero después de largos años exclamamos: “¡Cómo has cambiado!” o “¡Cómo he cambiado!”, al observarnos a nosotros mismos en un espejo o fotografía antigua.

Pero nuestra cubertura externa no es todo lo que cambia. Nuestro carácter, temperamento, costumbres, opiniones, formas de pensar, capacidad de tolerancia y comprensión. Todo ello trae aparejados cambios en nuestras relaciones con los demás. Sería muy fácil deducir que el deterioro de nuestras relaciones con los demás o con alguien en específico, es producto de sus cambios. ¡Él es el culpable! O ella, en su caso. No hay nada mejor que encontrarnos exentos de responsabilidad sobre algo que ha salido mal. Hablando sobre un hijo en común, diremos“¡Tu hijo ha caído en las drogas!”, cuando intentemos condenar su conducta. En cambio, nos expresaremos, diciendo: “¡Mi hijo es un sobresaliente profesional!”, si lo que pretendemos es destacar sus cualidades. Esto quiere decir que nuestro ego no nos quiere abandonar por más esfuerzos que pongamos en ello. Los hijos malos salen a mi mujer (y sus familiares), los hijos buenos heredan todo de mí.

Fijémonos que sucede si en esta pareja de la que hablamos, uno de ellos empieza a experimentar cambios abruptos en su personalidad que conducen a una constante fricción entre ellos. Si el que debe soportar la nueva conducta del otro se siente una víctima y piensa que su pareja es el/la culpable del deterioro en la pareja, ambos irán ineludiblemente hacia la separación. Es lo que sucede hoy en la mayor parte de los casos de divorcio que se llevan a cabo luego de muchos años de convivencia en armonía. No quiero decir que no existan casos en los que luego de formar pareja y cierto tiempo de convivencia se descubra que no existe la química suficiente como para continuar. O no ha brotado la tan buscada semilla del amor entre ambos. Pero no es usual que esto ocurra después de muchos años.

Si en cambio, la persona “supuestamente” perjudicada en la pareja decide que la responsabilidad sobre la nueva conducta de su cónyuge es suya y no de su pareja (y esto no significa “su culpa”), de pronto, como acto de magia se le abrirán las puertas del absoluto control de la situación. Es decir, en primer lugar analizará si en realidad no existe una actitud en él que está provocando la nueva reacción negativa del otro. Si encuentra que su extraño comportamiento también aparece respecto del resto de las relaciones con los demás, podrá descubrir los motivos (vejez prematura, desaparición de la autoestima, falta de confianza en sí mismo, impotencia frente al manejo de problemas como inestabilidad económica, enfermedad, abrupto y exagerado temor a la muerte, etc.) por lo que se hace comprensible su indeseada actitud. Muchas veces, el individuo que experimenta estos cambios en su carácter, incluso resulta inconsciente de ello. Y así es como lo único que puede percibir es la reacción agresiva y defensiva del otro. Siente que a todos sus actuales problemas se suma un marido o mujer que no lo comprende. Si en cambio toma al toro por sus astas, es decir, adopta esta actitud comprensiva y contemplativa que acabamos de describir, ya no tendrá reproches frente a su pareja porque entenderá lo que le sucede. Podrán así redescubrir el amor entre ellos, que nunca había desaparecido. Un sentimiento que estaba dormido o cubierto por otras situaciones, y sin posibilidad de expresarse. La relación entre ellos tomará un giro milagroso. Al mostrar a los demás que tomamos la responsabilidad sobre todo lo que nos sucede, de manera lenta y silenciosa vamos enseñándoles a conducirse de la misma manera. ¡Cuántas separaciones por error se podrían evitar! ¡Cuántos niños continuarían siendo felices sin la necesidad de tener que aprender a serlo a pesar de haber visto destruidas sus familias!

R. S.



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