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viernes, 14 de diciembre de 2012

Cerrando negocio sobre nuestra libertad




La imputación que se le hace a una persona por el supuesto de haber cometido un delito es seguida normalmente de un procedimiento para acopiar pruebas suficientes que puedan determinar a las autoridades competentes si cabe o no el procesamiento bajo declaración indagatoria del acusado.

Para el caso de considerarse apropiadas y suficientes las pruebas para incriminarlo se abrirá un proceso judicial que se conforma de varias etapas destinadas a poder llegar a un veredicto final luego de haber proporcionado al acusado un juicio justo, ajustado a la ley y habiendo contado éste con la asistencia de un abogado defensor.

Lo que pareciera en función de las evidencias es que lo que se intenta es hacer estricta justicia. Por un lado, no condenar a quien no es culpable. Por el otro, no dejar libre de culpa a quien debiera ser condenado. Pero no siempre esto es así. De hecho, muchos son los casos que se terminan negociando la libertad de un condenado encontrado culpable. A veces, incluso confeso o luego del aporte de aplastantes pruebas que no dejan lugar a dudas sobre su culpabilidad. Pero también ocurre lo contrario. Un acusado inocente debe a veces declararse culpable para poder gozar de beneficios en la condena, que en muchos casos significan importante reducción o completa condonación de la pena. 

Este último es el tema que deseo tocar. Suele relacionarse con un aspecto psicológico del condenado. Un sentimiento que todos de alguna manera hacemos notar en determinados momentos de nuestras vidas, de manera positiva o negativa: el orgullo o su falta de él.
Existen personas que sabiéndose inocentes no aceptarán jamás declararse culpables, sean cual fueren los beneficios y prerrogativas que dicha declaración les pudiera proveer.

Otras personas serán más prácticas. Darán prioridad a los beneficios concretos de poder vivir un futuro mejor dando menor importancia al “qué dirán los demás”.

Pero en definitiva, el único verdadero sentimiento de orgullo que vale es el que siente uno por uno mismo. No es necesario que sea compartido por los demás. Porque en ese caso, nuestro orgullo irá unido a nuestro ego. Y lo importante para nosotros será lo que los demás piensen de nosotros y no lo que nosotros mismos pensemos. Que además, en última instancia somos los únicos que realmente y sin lugar a dudas, podemos saber si somos culpables o inocentes.

De lo anterior se deduce, ofreciendo un ejemplo surrealista, que si sabemos que somos inocentes de haber robado una manzana podremos incluso firmar aceptando ser culpables de homicidio siempre y cuando nuestra declaración nos provea de la libertad, independencia y posibilidades de un futuro igual que si hubiésemos sido declarados inocentes. Ello significará que sabemos comprender los errores de los demás y que a veces son muy grandes. Que nos es suficiente con saber nosotros solos la verdad y sentir el único y verdadero orgullo. Que quienes nos quieren y nos conocen la conocerán también. Que no necesitamos sufrir condena alguna porque la sociedad no haya podido descubrir la verdad o no esté dispuesta a aceptarla y a aplicar la garantía de derechos que nos debiera saber proteger.

En definitiva, quien se sepa culpable, aunque haya sido declarado inocente y goce del reconocimiento de todos los demás no podrá sentirse orgulloso. A la hora de apoyar su cabeza sobre la almohada, el más ecuánime y justo de los jurados le estará susurrando su veredicto y su independencia quedará cercenada para siempre aunque no encuentre barrotes físicos que le impidan desplazarse con aparente libertad.

R. S.



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1 comentario:

Montse Cobas T. dijo...

Esta vez paso para desearte una Feliz Navidad llena de mucho amor y serenidad con los Tuyos.

Abrazo inmenso.

Montse.

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