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viernes, 3 de agosto de 2012

Todo tiene su explicación



Si todo lo hiciéramos sin cometer errores no habría nada en nuestras vidas que nos pudiera salir mal, en cualquier área donde se nos ocurriese hacer algo. Todo nos saldría perfecto. Esto significa que no necesitaríamos estudiar ni aprender. Por un lado, suena maravilloso. Independencia de criterio, inexistencia del fracaso. Todo sería un éxito en nuestras vidas. Pero por otro lado, la situación sería aburrida, se haría innecesaria la interacción humana, no existirían los estímulos, las ambiciones, el deseo de lograr algo. Antes de comenzar sabríamos con certeza que lo lograremos. Y de manera perfecta. Seríamos como dioses pero también robots. Para nuestra suerte nos encontramos muy lejos de poder lograr algo así.

Debemos saber interpretar nuestros errores en su verdadera dimensión. Intentar aprender de ellos. Son la verdadera escalera que nutre nuestro camino hacia el éxito y nos permite sentir esa incomparable satisfacción de haber logrado algo que nos proponíamos.

Cuando trabajamos en equipo o al menos con otra persona y cometemos un error en lo que intentamos lograr de manera conjunta, solemos dar una explicación amén de disculparnos. Es obvio que cada actitud o actividad en nuestras vidas tiene sus motivos que derivan en una explicación del porqué hemos actuado de dicha manera.

Las explicaciones sobre los motivos que nos condujeron a un error suelen conllevar la intención de justificarnos. Es una forma de deslindar en parte nuestras responsabilidades. Y muchas veces cierta. Sin embargo, hay quienes cometen siempre errores y lo único que hacen es dar explicaciones del porqué estos sucedieron. Éste es un mecanismo de defensa que utilizan algunas personas que se sienten atormentadas por sus continuos fracasos. No logran enfrentar el natural y a veces conveniente hecho de cometer un error. Sienten dañado su ego y en consecuencia encuentran que sus equivocaciones no son su responsabilidad sino ajena. Y deben explicarlo. Lo que sucede es que ellos son los primeros convencidos de que no tienen nada que ver con los errores. De esta forma los mantienen o peor aún, los aumentan.

La manera compulsiva en que explicamos todo el tiempo las causas de nuestros continuos errores  también tienen su explicación.

R. S.



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