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lunes, 27 de febrero de 2012

Todo empezó en casa (ensayo sobre la violencia) - Segunda Parte (última)


"A” es un buen vecino. Vive muy tranquilo en su casa. Comparte el terreno de la misma con “B”, otro buen vecino que ha construido su casa en la parcela de terreno que le corresponde. Un buen día “A” sale de su casa con una enorme bolsa de residuos y se encamina hacia el contenedor de los mismos que luego serán recogidos por los trabajadores municipales. En el camino la bolsa se rompe en parte, quedando algunos residuos en la entrada a la casa de su vecino “B”. “A” no advierte lo acontecido, o sí, pero no desea hacer un mayor esfuerzo del que realiza, y continua hacia el contenedor. Más tarde, sale “B” de su casa y ve toda la basura acumulada en su entrada. De todas las posibles alternativas que existen decide pensar que se trata de una deliberada agresión de su vecino. Se pregunta: ¿Porqué haría “A” una cosa así? Pero no se le ocurre pensar siquiera que los motivos por los que los residuos yacen frente a la entrada de su casa puedan ser otros muy distintos. A partir de allí, “B” deja de pensar y comienza a hacerlo su ego:

“Mi vecino me envidia, me subestima, cree que le temo, que soy poca cosa. ¿Qué pensará él y todos los demás si me quedo de brazos cruzados sin hacer nada ante esta agresión? Me juego mi honor. Debe enterarse con quién se mete. Me las pagará”.

Pero el buen vecino “B” no se da cuenta que si su buen vecino “A” lo ha hecho adrede como él piensa, ha logrado también su objetivo cual era hacerlo sufrir creando con su actitud otro germen, el del odio, e inocularlo en su vecino. Si por el contrario, “A” no ha tenido ninguna mala intención con su actitud, que ha sido producto de un descuido, “B” sin saberlo habrá iniciado una guerra campal consigo mismo pero involucrando por error a su inocente vecino.

Al día siguiente, “B” deposita una cantidad duplicada de basura en la entrada a la casa de “A” y le relata lo acontecido a “C”, uno de los miembros de su propia familia. “C” no piensa lo mismo que “A”. Es más, ni siquiera le interesa saber si la actitud de su vecino ha sido intencional o no. Decide ir hasta aquel lugar, limpiarlo y llevar los residuos hasta el contenedor ubicado a escasos metros. Operación que no le toma más de cinco minutos y ningún esfuerzo físico que no esté dispuesto a hacer con gusto.

"C” es una persona algo extraña. Piensa que si “A” ha efectuado una provocación no habrá mejor respuesta que dejarla caer en el vacío. Quizás esto le permita a “A” reflexionar. Él piensa que las ofensas no existen y que sólo la violencia física que exceda ciertos límites se puede hacer acreedora a una reacción defensiva. No siempre se hace menester defenderse de todo ataque. Existen algunos pequeños de ellos, producto de las inseguridades de sus dueños, que resulta conveniente que se evaporen en la indiferencia de sus destinatarios. “C” sabe que no estaba obligado a actuar de aquella forma. Pero también sabe que sí está obligado consigo mismo a actuar de la manera que su conciencia le dicte y no merced a los dictámenes de una sociedad que nos enfrenta a todos en la discordia y los supuestos valores. “C” ha logrado adormecer su ego lo suficiente como para poder ser él. Ha comprendido que éste es el peor de nuestros enemigos, el que más destrucción nos puede causar y lo llevamos dentro de nosotros mismos. Por ello, “C” dedica su vida a ofrecer sonrisas de comprensión a las agresiones, en especial cuando se trata de aquellas que no causan un verdadero daño más que la carga emotiva que pueda acompañarlos. Los insultos, los desprecios, los gritos, sólo pueden dañar nuestro ego, piensa “C”, no tienen valor intrínseco alguno. Incluso, ha vivido una situación que muchas personas considerarían de extrema humillación. En una oportunidad un agresor le escupió en el rostro, diciéndole que era un cobarde. Él sonrió, con un pañuelo secó su cara y le respondió a su agresor: 


“Si hubieses estornudado mojando mi rostro de igual manera pero sin intención y te hubieses disculpado luego, yo te hubiese ofrecido la misma sonrisa que te estoy ofreciendo. Porque en realidad no existe ninguna diferencia entre ambos hechos, salvo por tu intención, que se queda contigo”.

Pero en otra oportunidad “C” debió vivir otra situación extrema en presencia de su familiar “B”. Éste fue agredido en la vía pública por un individuo con el que accidentalmente tropezó, cayendo aquel al suelo. El sujeto derribado tomó una piedra de tamaño considerable que el destino había puesto a su alcance y se abalanzó contra “B”. De inmediato “C”, haciendo buen uso de su pierna derecha en virtud de sus largos años de entrenamiento en el equipo de fútbol de su barrio y sin pensar siquiera lo que hacía, aplicó una patada en la cabeza del agresor segundos antes de que éste abriera a golpes la de “B”, con la piedra. El agresor se desplomó. Quedó inconsciente pero aferrado con fuerza al arma que había estado a punto de utilizar. “C” no recordaba la escena. Hasta aquel momento él nunca había agredido a nadie. El “gen de la violencia” almacenado en su interior decidió actuar utilizando la mejor capacidad de “C” para neutralizar la agresión. Una agresión cuyo resultado podía haber comprometido a “C” en su relación afectiva con “B”. Pero “C” ni siquiera recordaba haber pensado en estas cosas. En realidad, no lo había hecho. Tampoco había tomado la decisión de actuar. Su impulso afectivo había despertado al “gen de la violencia” dormido en su interior. Y el resultado de su acción había beneficiado a ambas partes:

- Había evitado un daño físico (y también moral) en “B”, de alcance y consecuencias imprevisibles.

- Y había evitado todo tipo de complicaciones igualmente imprevisibles, al agresor, debido a su actitud impulsiva e irracional.

Sin embargo “C”, había así quedado como único agresor y debía prepararse para rendir cuenta ante la sociedad.

Los casos precedentes desarrollan una ficción que como tal no escapa a las posibilidades de describir una realidad. La intención es poder advertir hasta qué punto la sociedad por medio de la llamada “educación” crea en sus individuos pensamientos estereotipados ante determinadas situaciones. Dichos pensamientos generan sentimientos comunes sin valor alguno más que el otorgado por la propia sociedad, acéfala de criterios reales y convenientes. Estos sentimientos sirven de detonante a la “bomba de la violencia”, de alcance y virulencia impredecibles, a partir del supuesto “gen de la violencia” con el que nacemos. Pero demasiado lejos ya de parecerse a su original.

Existen también los personajes como “C”. Personas reales de carne y hueso, pero que ven y sienten las cosas de diferente manera. La sociedad está a tiempo de aprender de sus normas. Y en consecuencia establecer nuevos programas de educación. Si no se siente de la misma manera que lo hacen los “C” habrá que empezar a educar practicando. Las prácticas en este sentido logran milagros. La gente terminará sintiendo lo que hace. De la misma manera que hoy ocurre con la violencia. Y cuando las individualidades comiencen a percibir los cambios en ellos mismos, los beneficios personales que cada uno sienta, habremos logrado despertar un germen de su letargo, largamente dormido. El verdadero “germen del amor”, en muchos de nosotros olvidado... casi desde que nacimos.

R. S.


de Helen Maran ¡VISÍTALO!



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