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lunes, 6 de febrero de 2012

Factor político económico “contra natura”

Imagen: WIKIPEDIA
En muchos países desarrollados que enfrentan hoy una crisis económica interna y de la cual intentan cargar las culpas a la última gran crisis mundial se presenta un factor común sobre el que se habla poco aún. Sea porque no se ha advertido la importancia de su existencia o debido a que el reconocimiento de la misma complicaría más las cosas, lo cierto es que está allí, conviviendo con nosotros como un fantasma que contadas veces se menciona y tal vez nunca se haya reconocido su carácter letal para las economías de los países que afecta.

No podemos negar la influencia de la terrible crisis económica que nos azotó hace un par de años y que continúa amenazándonos con empeorar las condiciones a medida que los políticos involucrados intentan resolverla y los magnates se debaten entre no caer en el devastador “triángulo económico de las Bermudas” y aprovechar sus actuales consecuencias para aumentar considerablemente sus fortunas. Pero ello no significa que la crisis haya sido el único motivo y mucho menos, suponer que es también responsable de nuestra sostenida incapacidad para salir de ella.

Aun sin entender demasiado de números podemos intentar usar el sentido común. Nos podremos equivocar pero creo que vale la pena intentarlo. De todas maneras, hace tantos años que los expertos en economía opinan y no hacen más que equivocarse, que bien podemos nosotros darnos el lujo de errar, aunque sea una vez. Y quien nos dice que quizás casi sin darnos cuenta, acertemos. No sería la primera vez que quien no sabe nada termina teniendo razón. 


Cuando hace algo más de 10 años se creó el euro como nueva unidad monetaria que sería adoptada de manera acordada por 17 países miembros de la Unión Europea, lo primero que se me ocurrió pensar fue ¿cómo harían estados soberanos política y económicamente, para quedar vinculados por medio de la misma moneda de cambio (euro) y continuar a la misma vez disfrutando de tal hegemonía sin correr el riesgo de recibir las influencias de unos sobre otros? Ese nuevo acuerdo se me antojaba como una especie de barca hecha de un material que le imprimiría gran velocidad, comodidad en la navegación y una absoluta estabilidad en mareas serenas. Pero una década después el mar se puso revoltoso y la primera gran tempestad llegó.

Imagen: WIKIPEDIA
En EEUU, en cambio, pareciera que la mayor parte de los problemas económicos que se enfrentan y que recuerdan la gran debacle del 29, provinieran de su administración interna como país aunque es lógico aprovechar la oportunidad para echar culpas a los problemas del euro, la política económica china y cuanta complicación económica internacional se presente pero resulta obvio que en la época de la globalización y tanto rédito obtenido por unos pocos durante tantos años, haya llegado, como ocurre generalmente, la “época de las vacas flacas”. La primera potencia mundial (en la actualidad no se sabe en cuántos sentidos continúa siéndolo), más tarde o más temprano, tendrá que afrontar el dilema que le plantea dónde poner el límite definitivo al descontrolado y continuo aumento de su impresionante deuda. Dejémoslo allí porque asusta el sólo pensar en ello.

Durante muchos años venimos escuchando los mismos reclamos de los pueblos, que no hacen más que quejarse de sus gobiernos de turno, básicamente, por incumplir con las promesas aseguradas durante sus campañas. El transcurso del tiempo nos muestra de manera inexorable, que la brecha entre los ricos y los pobres se hace cada vez mayor. En todas partes. No importará a qué parte del mundo nos refiramos, de qué gobierno se trate o qué es lo que éste haya prometido. Esto sucede así, entre otras cosas, porque los magnates ejercen la presión sobre los gobiernos para ser siempre los más favorecidos, con la amenaza implícita de desviar sus inversiones a otros paraísos que les ofrecen mayores tentaciones en política fiscal. Muchos potenciales gobiernos en camino de serlo, en sus campañas aseguran gravar con fuertes impuestos a los más ricos. Pero cuando el momento llega no hay nadie que se atreva a poner la firma. Y esto es lógico, porque en países libres y democráticos en los que cada uno es dueño con su patrimonio de hacer las inversiones que desea y dónde más le plazca, el daño causado a un país por esa potencial evasión de capitales sería tremendo. Resultaría peor el remedio que la enfermedad. Por ello no debiéramos condenar tanto a los gobernantes en este sentido, aunque quizás sí tendrían que ser más sinceros con sus pueblos. El meollo del asunto se asienta en la responsabilidad de los magnates en estos países. Existen hoy algunas individualidades en este sentido que aceptarían “pagar más”, “lo que se necesite”, según dicen. Pero son muy pocos. La mayor parte de ellos continúan manteniendo una posición ególatra y egoísta, pensando únicamente en sus propios intereses y el beneficio único de sus familias. Pero se equivocan. Esto no es así aun cuando de momento continúen viendo engrosadas sus ya incalculables fortunas. Las cuentas siempre terminan reajustándose de la misma manera que la naturaleza se autocompensa. Es sólo una cuestión de tiempo.

Aunque en todas las épocas y lugares ha habido falta de escrúpulos que violan los más elementales principios éticos y morales, nuestra sociedad actual atraviesa un momento especial en este sentido y que excede todos los límites imaginables.

En una sociedad libre es lógico que existan quienes tienen más y quienes tienen menos por motivos de suerte, capacidad y empeño. Pero no es lógico y nunca lo será, que existan quienes poseen impresionantes fortunas imposibles de acabar aun dilapidándolas durante generaciones, y en la misma sociedad mueran todos los días más de 25.000 niños de hambre. Son 10.000.000 de seres humanos, su mayor parte recién nacidos, que mueren por año en un planeta que dispone de las reservas suficientes para alimentar a una cantidad muchas veces mayor a la existente.

R.S.


de Helen Maran ¡VISÍTALO!



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