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lunes, 16 de enero de 2012

Descubriendo nuestro diluvio

Imagen: YouTube


Se escuchan los sonidos de las sepulturas. Rabian los corazones que aún viven. Pero ya no laten, sólo mantienen el color de la esperanza. El ridículo emblema que nos mecía con sus falsas caricias ya no está. El lodo va cediendo a la noble lluvia y... llega el diluvio. Hasta el aire fresco empieza a respirarse a sí mismo debido a su abundancia, su pureza, su magnanimidad.

De a poco todo comienza a vivir la verdadera vida. Al sabor de la espera le sigue la tan deseada experiencia digerida. El calor del Sol llega hasta los rincones más oscuros. La luz ya no tiene enemigos y los que lo eran de nadie viven la definitiva reconciliación. La que proviene del tubérculo que somos y nuestras demás protuberancias. Pero si era tanta la tristeza y el daño acumulado que ya no nos dábamos cuenta. ¿Qué era lo que nos pasaba que sentíamos no entender a nadie ni nada? Sería que no nos comprendíamos lo suficiente para entender el error que somos. No éramos conscientes de nuestro origen, desconocíamos nuestras funciones, nos alejábamos de nuestro objetivo, perdíamos el cénit de nuestra propia gloria. Nos apretamos hasta el momento culminante. Y decidimos al final no ahorcarnos. Así entró la bocanada que reavivó todos nuestros sentidos. Lloramos la pena por lo que sufríamos. Pero todos conscientes ahora de nuestra propia conducta, la única, recomenzamos el camino cambiando las latitudes, asentándonos en los trópicos, derritiendo todos los témpanos internos y cobijándonos en nuestro calor visceral que no debimos aprender sino recordar.

Acurrucados nuevamente a la luz de una vela que nos asegura lágrimas de cera perenne, nacemos al viento, a la mar, a la profunda alegría que encierra la vida. Y con gusto nos desgastamos seguros de poder reinventarnos. De poder continuar por siempre esta ida y venida. De permanecer serenos, sonrientes, amantes de la belleza y de la bondad. Paseantes de caminos conducentes. Inmersos en este constante diluvio. Que nos lava... que nos moja... que nos envuelve.

R. S.


de Helen Maran ¡VISÍTALO!



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