google-site-verification: google5c087a0da00728df.html 'cookieOptions = {...};' msg,En este sitio se utilizan cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios. Si continúas navegando, entendemos que aceptas su uso. ESCRITOS de Rudy Spillman: Un lugar para estacionar (relato corto)
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lunes, 24 de octubre de 2011

Un lugar para estacionar (relato corto)



El siguiente relato es de ficción pero existen dos puntos que deseo resaltar. El primero consiste en que si bien no se trata, como he dicho, de un caso verídico, está basado en un sueño que tuve y que sin llegar a serlo hubo de rondar el área de las pesadillas. El segundo hace referencia al hecho de que si bien nací en la ciudad de Buenos Aires y mi lengua madre es el español (o castellano, como decimos los argentinos), el sueño de referencia lo he soñado en idioma hebreo. Hace 22 años que vivo en Israel pero es sólo la segunda vez que el original de un escrito lo realizo en esta lengua y la primera que se trata de un relato. Por ende, el original de lo que a continuación relataré lo he escrito en hebreo y ahora me propongo traducirlo al español. Suena al raro ¿verdad? Pero esa es la situación. Así es que vayamos al relato.

- “¿Cómo te sentís, Esti, querida?” - 
- "Se durmió. Dejala descansar un poco” - 
- "Bueno, ya estamos llegando al hospital. ¿Ves? acá está la entrada” -

Esa misma tarde viajamos en el coche al hospital, con mi mujer, Clara, y Esti, nuestra pequeña hija de 4años de edad. En el nosocomio nos esperaban debido al aviso realizado por el médico pediatra que había diagnosticado una probable neumonía en estado avanzado. Esti tenía alta temperatura. Pensé que si esa era la situación, ya era bastante grave. Pero de acuerdo al comportamiento del médico, las enfermeras y luego, del personal en el Departamento de Pediatría del Hospital, me pareció percibir que no nos estaban diciendo todo. Mis miedos aumentaban pero no compartí mis ideas con Clara para no preocuparla más. El personal de Pediatría se acercó a nosotros ni bien llegamos al hospital. Dejé a Clara y a Esti con ellos, sabiendo que las dejaba en buenas manos y me fui rápidamente en busca de un lugar para estacionar.


Apenas a cien metros del hospital divisé no uno sino dos lugares de estacionamiento. Uno al lado del otro. Miré hacia arriba, dije “gracias” y apreté el acelerador. Pero en el momento en que la trompa de mi coche iba a entrar a uno de los espacios, un enorme y brilloso Mercedes se me adelantó. Luego del susto experimentado ante la tan cercana posibilidad de verlo estrellándose contra mí, estacionó su desparramo de lujo de manera tal que ocupaba, sin necesidad alguna, ambos lugares. Salía humo blanco de sus cubiertas luego de haberlas escuchado chirriar. Del interior del vehículo salió un sujeto corpulento, cubierto en un traje de seda oscura, calvo y exponiendo una cabeza tan brillosa como su Mercedes. No me dio tiempo a acercármele e interponer mi reclamo. Como si mi pequeño e insignificante Hyundai y yo no existiéramos, cerró la puerta de su coche con un control remoto y con rapidez olímpica se dirigió al interior del conocido restaurante. Más tarde pude enterarme que el apurado señor era también el dueño del negocio de comida donde había entrado. Éste se encontraba ubicado exactamente frente a los numerosos lugares de aparcamiento, ahora todos ocupados. Mientras tanto, su vehículo continuaba, de manera independiente, encendiendo y apagando sus faros y subiendo sus ventanillas. Estuve tentado de pedirle que me hiciera un lugarcito.

Dichos espacios, debidamente delimitados por las tradicionales líneas de pintura blanca expuesta en el asfalto, no pertenecían a la casa de comida. Eran públicos. Abandoné mi vehículo en el lugar más prohibido que podía encontrar para estacionar, con su frente señalando la culpa del arrogante Mercedes y como una bala disparada me dirigí hacia el restaurante. En el camino mi celular sonó. Era la nerviosa voz de Clara para explicarme que debía llegar al hospital de inmediato. Las reglas burocráticas en Israel exigen presentar documentos de identidad, exámenes anteriores, remisión médica y demás documentación para poder atender a nuestra hija, en especial, debido a que no contaban con sus antecedentes médicos por no estar anotada en la institución. Debido al nerviosismo y las presiones vividas en los últimos minutos, olvidé darle todos los papeles a Clara, por lo que todavía descansaban en mi bolsillo. Me puse más nervioso aún pero intenté tranquilizar a mi mujer y para ello utilicé las palabras mágicas:

- “Tranquilízate, ya estoy llegando...” -

Colgamos y me dirigí directo al señor de la pelada:


- “¡Señor, necesito que urgente me haga un lugar para estacionar! Ha ocupado dos” - 
- "¿Perdón?... ¿Quién es Usted?” - 
- "Mi pequeña hija está internada en el hospital... necesito ir urgente y Usted casi me choca para tomar el lugar... ¡Y a tomado dos!” -

En el restaurante, todos los ojos se clavaron en mí, incluyendo los de los mozos. El hombre permanecía relajado. Apoyó uno de sus brazos sobre mi hombro, me pidió que lo acompañara afuera y una vez que nos encontramos junto a nuestros coches, me espetó con una sonrisa:

- “Mil Shekel y le hago lugar ahora mismo”. -

Lo miré sorprendido pero me tomó sólo algunos segundos advertir que no se trataba de una broma. El hombre hablaba muy en serio. Saqué de mi bolsillo la cartera, como para mostrarle... pero en ese mismo momento le dije:

- “Disculpe un segundo, debo llamar...” - a la vez que discaba en mi celular sosteniendo la cartera en la otra mano.
- "Da ocupado...” - me dije a mí mismo pero de manera que él también pudiera escuchar.

Entonces volví a dirigirme a él:

- “Pero esta playa de estacionamiento es pública, no le pertenece... y además, Usted ha ocupado dos lugares cuando podría haber estacionado en uno. Me temo que está Ud. aprovechando la situación de que mi hija se encuentra internada aquí y debo ir a verla urgente, para extorsionarme y pedirme mil shekel por un lugar de estacionamiento que ni siquiera es suyo” -

El hombre me cortó con un ademán y agregó:

- “Esa es la situación, amigo. Si está pensando tanto en esas cosas que dice, será que la situación de su hija no es tan grave” -

Se dio media vuelta con intención de regresar a su restaurante. Aún con el celular y la cartera en mis manos, corrí hacia él, abrí esta última exhibiéndosela:

- “¡Momento! ¡Momento!... tengo aquí sólo un billete de 50 shekel ¿ve? Le puedo dejar también mi tarjeta de crédito y mi cédula de identificación. Seguro que mi mujer tiene dinero encima. Más tarde vendré a completarle los mil shekel... ¿Qué dice?” - 

Yo estaba temblando. Él tomó el billete, la tarjeta de crédito y la cédula de identificación, movió su coche dejándolo estacionado como corresponde y volvió a su lugar de trabajo sin agregar palabra. De ese modo mostró su consentimiento a nuestro acuerdo. Estacioné mi Hyundai y volé al hospital.

Al día siguiente volví para quitar definitivamente mi coche del problemático lugar de estacionamiento, pero antes decidí ir al restaurante a saludar a mi amigo, el extorsionista. Esta vez era yo quien portaba una amplia sonrisa. Lo vi desde lejos paseando por entre las mesas del lugar. Directo me dirigí a él:

- “Hola...” - "Ahh... sí, venga. Vayamos a mi oficina.” -

- "No, no será necesario. No pienso pagarle esos mil shekel que me pide por estacionar mi coche un día en un lugar que no le pertenece. ¿Recuerda la conversación que mantuvimos ayer sobre el tema? He grabado todo en mi celular. Además, por si eso no fuera suficiente, he obtenido algunas fotos muy reveladoras. Aquí tiene mi tarjeta. Si en 24 horas no me reintegra mi tarjeta de crédito, mi cédula de identificación y los 50 shekel que le di, presentaré una denuncia en la seccional de policía. Ahhh, por supuesto, le interesará saber sobre el estado de salud de mi hija. Tenía Ud. razón, no fue tan grave como se suponía. Hace media hora que la liberaron y nos vamos todos para casa. Gracias por su preocupación”. -

Salí de aquel lugar para no volver. En el restaurante, nuevamente todos los ojos se clavaron en mí, incluyendo los de los mozos.

R. S.


1 comentario:

Mari C . Masi. o Montse Cobas. dijo...

Me ha gustado mucho el final, es una solución para determinadas soluciones que se dan con personas no del todo honestas ni gratas de encontrar.

Tú sabrás si es un mensaje por algún motivo, o la solución a algo, a veces se da.

Saludos cordiales.

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