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lunes, 17 de octubre de 2011

El pueblo israelí espera el regreso de su hijo




Después de más de cinco años de “vivir” secuestrado, en manos del Hamas, finalmente parece que Guilad Shalit vuelve a casa. Un hogar que es más grande que el que lo vio partir. Sus puertas se han ensanchado. Su superficie ya no se circunscribe a los metros cuadrados que ocupa la casa de la Familia Shalit en Mitzpé Hilá. Hoy ocupa todo el territorio de Israel. Parece un sueño. Pero todos queremos verlo llegar. Que ya esté aquí, definitivamente con nosotros.

Los sentimientos sin embargo, no podrían ser más encontrados. Y lo más curioso es que estos sentimientos, todos, se encuentran dentro de cada uno de nosotros. Como si viviéramos una contradicción consciente. Pero no lo es.

Por un lado, la identificación del pueblo israelí con la familia Shalit es completa. Su sufrimiento a través de estos largos años, que a todos nos han parecido siglos, es nuestro. Este casi niño convertido hoy en hombre no debía haber sufrido los daños de un conflicto que parece eterno. Pero ocurrió.

Todos esperamos. Sabemos que actuaremos ansiosos como si de un parto se tratara. Querremos corroborar que llega vivo, contaremos sus brazos y sus piernas, estaremos atentos a su estado mental. Lo queremos recibir de vuelta, bien. Muy bien. Mejor que antes. Aunque sabemos que quizás, esto sea demasiado pedir.

Por otro lado, en medio de un acuerdo en desacuerdo, Israel se desangra aceptando liberar 1.027 presos de los más peligrosos. Que han asesinado impunemente a más de mil ciudadanos israelíes cuya única culpa era vivir en su propio país. Esta es la tercera parte de los caídos en el atentado contra las torres gemelas, considerado el más grande de la historia. Sin embargo nuestro porcentaje es mucho mayor si tenemos en cuenta la diferencia de la densidad de la población en ambos países. 

El gobierno de Nataniahu asegura que no se podría haber obtenido un acuerdo mejor. Agrega, que es probable que en un futuro próximo ya no exista con quien negociar y la vida de nuestro hijo, el de todos, se haya escapado de nuestras manos para siempre. Y como muestra tenemos el triste caso de Ron Arad, aunque las circunstancias entre ambos sean muy distintas. Es muy probable que todo esto sea cierto. También es verdad que algunos de los terroristas que serán liberados, dueños de una experiencia estratégica y conocimientos tecnológicos como para continuar organizando atentados, serán expulsados de estas costas y enviados a otros países. Esto es positivo aunque no resuelve nuestro problema de inseguridad. El gobierno asegura que ha logrado un acuerdo contemplando el regreso con vida del soldado y a la misma vez, manteniendo los niveles de seguridad para Israel. Esto no es cierto. No se puede pintar algo de blanco y también de negro, pretendiendo que nuestra pintura exhiba sólo uno de los colores originales. Surgirá un rebelde gris cuya intensidad dependerá de cómo hemos sabido jugar con los colores anteriores. El mérito del gobierno de Israel radica en haber logrado un acuerdo imposible de lograr. Basado en el estricto presente en el que todos sin excepción queremos ver a Guilad Shalit de regreso. Y digo “sin excepción” porque aún los que se oponen al acuerdo quieren verlo de vuelta entre nosotros. Pero rechazan el precio a pagar. Un precio que también es incierto, por lo cual es difícil de valorar. El acuerdo está también basado en dejar de lado el pasado que nos habla del dolor de miles de familiares de asesinados por aquellos terroristas que en unos días más serán hombres y mujeres libres. Pero de todas maneras, nuestros injustamente asesinados no volverán a la vida y el castigo a los asesinos no justifica el continuar torturando a un soldado que ya ha pagado un precio tan alto no siendo culpable de nada. Y por último, este maravilloso acuerdo tampoco contempla el futuro, hoy inexistente, sobre todos los daños potenciales que el mismo pueda llegar a causar en la seguridad de nuestro pequeño y tan querido Estado. En la vida, en general, ocurre lo mismo. Vivimos diciendo y corroborando que lo único que existe es el presente. Y nuestro presente hoy, y el más querido, es poder volver a ver a Guilad. Luego, lidiaremos con lo demás.

Claro, pero hay quienes piensan, aun sin sed de venganza, que los terroristas liberados lograrán el éxito en atentados que matarán muchos más israelíes inocentes. Entonces el precio para salvar una vida habrá sido muy alto. Nadie podría decirles que se equivocan.

Como podemos bien observar y de acuerdo a lo expresado más arriba, se trata de un acuerdo en desacuerdo. No es un convenio que haya resuelto el conflicto. Es el acuerdo del odio (Hamás) y la conveniencia (Israel). Hamás promete continuar secuestrando soldados, incluso más que antes, pues se trata de un buen negocio. Israel asegura la protección de su territorio y sus ciudadanos. Veremos qué pasa.

Como corolario de la presente descripción del problema, me atrevería a exponer una crítica al Estado de Israel. No al presente gobierno sino a todos, desde que en 1948, la Nación nació. He aquí mis consideraciones:

El Estado de Israel no contempla la pena de muerte, excepto en los casos relacionados con el Holocausto. Y yo me pregunto: ¿Si los que asesinaron a seis millones merecen la pena capital porqué no aplicarla a los que hicieron lo mismo con miles de personas? ¿Cuál es la diferencia? Existen terroristas que incluso pareciera que van contentos a la cárcel. Están tranquilos, no corren peligro, son alimentados, su salud cuidada. A veces lo pasan mejor que en sus propias casas. Pero no es esto lo más importante, sino su relación con el tema que nos ocupa. Si en Israel estuviese legislada la pena capital para estos casos extremos, los miles de terroristas peligrosos que esperan en las cárceles la oportunidad política para ser liberados y poder continuar matando, y que ya han destruido miles de familias israelíes, no estarían en las cárceles sino bajo tierra. Ello significaría que no habría qué canjear. Ni motivos sustanciales para secuestrar soldados. Es muy probable que tuviésemos el problema resuelto aún antes de haberse suscitado. Hay quienes piensan que nadie, en ninguna circunstancia, tiene derecho a privar de la vida a otra persona. Pero no prestan atención al hecho de que con esta filosofía y su consecuente actitud, están siendo cómplices tácitos de miles de muertes de ciudadanos inocentes. Por no decidir la muerte de un culpable, deciden la de muchos inocentes.


Creo que las autoridades de algún gobierno y los integrantes de la “Knesset” (Parlamento Israelí) debieran empezar a considerar el tema. No son lo mismo Israel de 1948 que la del año 2011. Con más razón, si tenemos en cuenta que la máxima autoridad palestina en la actualidad, Mahmoud Abbas (Abu Masen), el que intentó hace unos días reivindicar los derechos del pueblo palestino ante las Naciones Unidas, declarándose democrático y pacífico, fue uno de los primeros en expresar su entusiasmo con la inminente liberación de los presos, dejando expresa constancia de que todos los que cumplen condena en las cárceles israelíes debieran poder volver a sus casas.

De todas maneras, personalmente y de momento, prefiero dejar de pensar en los posibles inconvenientes de un futuro incierto, y quedarme en el presente, disfrutando con todos los demás de la llegada de nuestro hijo Guilad. El de todos. Y prepararme sólo para festejar.

R. S.

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