google-site-verification: google5c087a0da00728df.html 'cookieOptions = {...};' msg,En este sitio se utilizan cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios. Si continúas navegando, entendemos que aceptas su uso. ESCRITOS de Rudy Spillman: Pasatiempos (relato autobiográfico)



Búsqueda personalizada

lunes, 5 de septiembre de 2011

Pasatiempos (relato autobiográfico)

Imagen: 4FREEPHOTOS

Pasé gran parte de mi vida intentando encontrar un trabajo que me permitiera sentir que no trabajaba. Fracasé. Cuando creía haberlo logrado al poco tiempo descubría lo contrario. Así es como iba pasando del entusiasmo a la desilusión. Una y otra vez, comenzando siempre mi tarea de búsqueda con bríos renovados. Hasta que después de mucho tiempo de haber desistido de mi objetivo éste vino a mí, solo, como si se hubiese arrepentido de haberme hecho esperar tanto. Así fue como me convertí en escritor... pero tímidamente. Primero, de mí mismo. Luego de mis familiares y algunos amigos. Y por último, de los demás.

A los 12 años de edad, al mismo tiempo que empezaba mis estudios secundarios, comencé a trabajar en la empresa de mi padre y de mi tío. Sólo 5 horas por día, pues de las oficinas debía ir directamente a la escuela cambiando en el camino mi vestimenta de civil por el uniforme del colegio.

A los 18, Enrique, uno de mi tantos primos, me consiguió mi primer trabajo independiente, fuera de la familia. Así empecé a trabajar de cadete (pibe de los mandados) para los Laboratorios Pfizer.

Más tarde fui vendedor de libros, oficinista, vendedor de publicidad para empresas fúnebres (trabajo que desempeñé junto con mi hermana mayor), vendedor y entrenador en la venta de enciclopedias, profesor de inglés, de control mental y de meditación.

Mi única actividad laboral con relación de dependencia que duró más tiempo del que yo hubiese querido, empezó como empleado “meritorio” (“ad honorem”) en un Juzgado de Primera Instancia en lo Criminal de Instrucción, en los Tribunales de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires, ubicados en la calle Talcahuano. Pero luego llegó la conocida dictadura militar del 76. De allí en más, ante la concreta posibilidad del despido a sólo dos meses de ser padre, debí aceptar que me archivaran como si yo fuera un simple expediente. Comencé a trabajar en el Archivo de la Nación, entre antiguos expedientes, tierra, polvo y ratas. Luego de algunos años tuve el placer de ser yo el que renunciara para independizarme junto con mi mujer en la actividad comercial que nos supo proporcionar, con su habilidad y un poco de suerte, la prosperidad económica que necesitábamos para recibir como Dios manda al resto de la prole (tres hijas más).

Pero la actividad que me permitió una verdadera independencia económica no fue otra que la de intermediario en el alquiler y venta de bienes raíces, profesión cuyas bases recibí de la mano de mi madre y con quien trabajé durante los primeros y largos tiempos de bonanza económica que nos sucedieron.

Los años continuaron transcurriendo como una ansiosa rueda que gira sin cesar, ausente y esquiva a los tiempos que necesites para decidir tu camino. Y así fui llevado por el túnel de la vida que me iba informando sobre lo que yo hacía una vez que ya estaba allí, haciéndolo. Todo pasó demasiado rápido. Me pareciera que no he sido yo el que ha tomado decisiones salvo en las cosas que me importan y que son muy pocas: tener una compañera permanente con la que pudiéramos compartir mutuamente manteniendo la independencia individual y un cordón de unión inseparable por el resto de nuestras vidas, las 4 hijas. Lo demás, pueden ser cosas que me interesan hoy y ya mañana no, o viceversa.

En estos tiempos, a los 61 años de edad, gozo de uno de los mayores privilegios, que es no conocer el aburrimiento. Ello trae la desventaja de que los días se transforman en años transcurridos como si las agujas de tu reloj giraran a una velocidad vertiginosa. Cada mañana me despierto queriendo averiguar si no he cumplido ya 80 o 90 años. Y descubro alegre que todavía soy apenas un niño. Ese pequeño que he sido siempre pero con arrugada carcasa de viejo que cuando se mira al espejo en vez de llorar nostalgias sonríe desde el corazón porque ha aprendido a disfrutar con nada, a entretenerse quieto y a esperar animado sin deseos de acelerar ni atrasar ni un sólo segundo de su impermanente permanencia en este agradable limbo que llaman “vida”.

R. S.


2 comentarios:

Xelaxel dijo...

Rudy me ha gustado mucho tu escrito, verdaderamente sobre todo las últimas líneas me han parecido sublimes "ha aprendido a disfrutar con nada, a entretenerse quieto y a esperar animado sin deseos de acelerar ni atrasar ni un sólo segundo de su impermanente permanencia en este agradable limbo que llaman 'vida'." Felicidades ! :)

hazhag dijo...

gracias....

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...