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lunes, 30 de mayo de 2011

Hablando con ellos

Desde pequeño fui acumulando cierto rechazo a los medicamentos, el que fue creciendo con el tiempo. Actualmente sé de los beneficios que muchos fármacos traen a los enfermos, en su salud, calidad de vida y prolongación de la misma. Pero los hábitos y costumbres adquiridos de nuestras madres cuando somos niños suelen ser difíciles de erradicar. Si a ello le agregamos mi convencimiento en el sentido de evitarlos sólo en los casos que realmente se puede, llegamos así a una fórmula casi ideal y que a mí me sienta de maravilla.

Todos sabemos que los medicamentos a veces nos salvan y otras nos matan, cuando no nos dejan postrados o más enfermos de lo que estábamos. Ello ocurre porque no son producto de la naturaleza sino de la acción del hombre. Y el hombre, por la misma razón que acierta y se equivoca es que a veces termina haciendo las cosas mal cuando su intención era hacerlas bien. Pero también existen otras connotaciones importantes de resaltar. El mercado se encuentra repleto de excelentes drogas medicinales creadas o descubiertas por la ciencia y que provocan un daño irreversible sólo a determinados y específicos pacientes, e incluso, a veces, su muerte. Estos exhiben una reacción individual y adversa a dicho fármaco. No anularemos el beneficioso uso del mismo porque le ha hecho mal a “Juan” si puede hacer tanto bien a los demás.

Es obvio que si nuestra presión arterial, por dar un ejemplo entre tantos existentes, sube significativamente sobre los niveles considerados normales y se mantiene allí sin poder reducirla con métodos naturales deberemos ingerir el fármaco adecuado que el médico nos indique para reducir dicho nivel. Incluso existen casos en los que ni siquiera convendrá intentar primero los métodos naturales, como la eliminación de la sal de nuestra dieta diaria u otros, debido a que la presión arterial se encuentra tan alta que pone en riesgo nuestra propia vida. Deberemos extremar los cuidados, en especial, con relación a enfermedades como ésta, que no presentan síntomas, lo que las convierte en más peligrosas.

También están los pacientes hipocondríacos que viven envueltos en síntomas reales pero que no responden a ninguna patología. Existen especialistas y tratamientos adecuados. Lo que nunca se deberá hacer es menospreciar el sufrimiento y la seriedad de la dolencia en estos pacientes.

En el año 2007 publiqué el libro: “El Paraíso Escondido detrás de Nuestras Desgracias”. En el mismo desarrollo algunas técnicas de autoayuda basadas en mi experiencia personal. Uno de los capítulos, titulado: “HABLA CON ELLOS (La Mente y El Cuerpo)”, incluye padecimientos que debí sufrir a lo largo de mi vida, algunos insignificantes, otros de relativa gravedad. Allí expongo de qué manera hablo con mi mente y me responde el cuerpo. Y cómo este sencillo método me ha ayudado a través de los años a encontrar la forma de darle a mi organismo lo que necesita y evitarle lo que lo daña. En la mayoría de los casos he prescindido de medicamentos y cuando los he precisado he puesto la debida atención en saber en qué momento podría liberarme de ellos. Excepto en los casos en los que el diagnóstico médico nos dice que deberemos continuar de por vida. 

R. S.

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