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lunes, 21 de marzo de 2011

Mi partitura personal


Si observo un hermoso paisaje, éste provocará “eso” en mi alma que aunque cueste encontrarle nombre estará cambiando mi ánimo. Sin embargo, la imagen que mis retinas capten será el motivo directo y causal de mi disfrute. De alguna manera, aunque no lo pueda explicar, estaré palpando el trayecto directo que lleva de la experiencia visual a la agitación hormonal en el interior de mi organismo. Algo similar me sucede cuando quedo prendado por una pintura de Dalí, absorbido por su inagotable genio. Aunque las imágenes sean tan distintas pero guardadas en un mismo e indescriptible mundo interior. Más sencillo aún me resulta comprender lo que me sucede cuando leo un, a mi parecer, buen libro. Aquí, el arco iris de mis matices perceptivos, aunque concentrados todos en los fascinantes bosques de la imaginación y el pensamiento, se abre en abanico permitiéndome según la necesidad, entusiasmarme con Salgari cuando la mente me reclama distracción y aventura; y con Kafka, Hess o Borges, cuando mi ser se encuentra ávido de crecimiento interior. Sin descartar a “Mafalda” cuando mi deseo es reír sin dejar de reflexionar. Cualquier otra lectura, aunque sea ociosa como una historieta o un cómic, cumplirá también su debida función cuando sea lo que genuinamente requiero sin la necesidad de esconderme para intentar trastocar frente a los demás la imagen propia. 
Incluso cuando me alimento o bebo encuentro la relación directa del placer que produce en mis papilas gustativas el bocado o bebida que elijo consumir.
El alma de todas las artes y la esencia de los placeres encuentran su respectivo depositario en nuestros cinco sentidos. Aunque a veces sintamos que puedan ser más.

Pero con la música lo que me sucede es algo completamente distinto. Me encanta la música que disfruto escuchando. Es un placer difícil de describir. No es mi intención colocarla por encima de las otras disciplinas artísticas sino resaltar, de manera completamente subjetiva los misteriosos efectos sensoriales que determinada combinación de acordes produce en mi ser al abrirme a ellos a través de mis oídos. Y la situación se hace más extraña aún si tomamos en cuenta la evolucionada sordera que hace años afecta mis tímpanos dejando semi cerrada la puerta de ingreso a la percepción y el deleite de aquellas notas musicales mágicamente combinadas que de una manera muy personal estarían descubriéndome.

Deseo recalcar que no poseo predilección por ninguna de las expresiones artísticas. La que me llega lo hace con toda la intensidad de su fuerza prescindiendo de la disciplina de que se trate. Tanto una pintura, escultura, fotografía, como un libro, una música o cualquier otra expresión de arte podrá llegar hasta la esencia de mis sentidos y provocar el mágico efecto. Pero en el caso de la música pierdo el equilibrio en el trayecto cayendo en un vacío que me impide reconocer el origen de tanta potestad. Es de notar que en este caso se trata del único arte que en mí encuentra un contrincante. Porque también amo el silencio. Y aunque pueda parecer inverosímil, ambos logran vencer con igual éxito en su lucha por conquistarme.
No siempre me encuentro preparado emocionalmente para escuchar buena música y mis problemas de audición me someten a la necesidad de que el volumen siempre deba ser bajo, pues de lo contrario en vez de disfrutar, sufro.
Yo la música la ubico, o divido, más propiamente dicho, en dos tipos:

  • la música-río, a la que llamo así porque como las aguas de los ríos, llega con toda su fuerza y frescura produciendo efectos siempre temporarios, y luego se va. Otras aguas (o música) llegarán refrescando nuestros sentidos y dejándonos vivir cada experiencia como única, pero pasajera. Así es como de manera ininterrumpida se entremezclan siempre las mismas notas creando una obra distinta y original que sacudirá de una manera u otra nuestros sentidos y de distinta forma a cada individuo. Pero lo hará de manera relativamente perecedera. El efecto impacto de la primera vez no será el mismo a través del tiempo. La repetición del estímulo irá cambiando los naipes de nuestras reacciones. Y luego, ya nada será lo mismo. El placer auditivo de los principios no volverá a repetirse.

  • Johannes Brahms - WikipediA
    la música clásica, en mi modesto entender, la única verdadera música, entendiéndose que la expresión no va en detrimento de otros géneros musicales de valores artísticos indiscutibles. Pero cuando escucho a Tchaikovsky, Debussy o Strauss, no puedo imaginar que cualquier otra combinación de notas musicales se encuentre bajo el mismo rótulo. A unas o a las otras, cambiaría su denominación sin destacar grados de importancia sino diferencias en su esencia misma.

La iniciativa que me ha llevado a poner en palabras el precedente texto ha surgido del sucesivo estímulo de indescriptibles sensaciones que produce en mí “Las Danzas Húngaras” de Brahms. Una pieza musical vital que trasciende la humanidad de su autor y produce en mí un efecto personal desconocido en cualquier otro tipo de expresión artística. 

R. S.

 

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