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lunes, 21 de marzo de 2011

El "síndrome del consejo"

Se me ha ocurrido ponerle este nombre, que como tal no existe puesto que pertenece a mi inventiva. Salvo que por una eventual y rara casualidad alguien le haya dado ese nombre con antelación. Pero semántica aparte, la situación sí se da. Y más a menudo de lo que podamos imaginar.

Existen individuos que nos darán todo el tiempo consejos. Por supuesto que si se los pedimos, con sumo placer se zambullirán en las aguas de su erudición para resolver nuestra situación. Pero si no les pedimos consejo igualmente nos lo darán. Lo que más llama la atención y muchas veces altera los nervios de las personas que supuestamente recibirán su ayuda es el hecho de que insistirán ofreciéndonos sus mejores consejos aun en contra de nuestra propia voluntad. ¿Porqué? ¿Acaso no saben respetar la voluntad de una persona, de no querer recibir consejos, o quizás, de forma específica lo que no desean es recibir “su” consejo? En la mayor parte de los casos se da que sí entienden la situación pero no la pueden controlar. Generalmente, esta aparente falta de respeto a “no querer escuchar al otro” sucede en los casos de relaciones entre familiares o seres muy allegados afectivamente. Esto es debido a que cuanto más desvanecidos se encuentren nuestros buenos sentimientos hacia esa persona menor será nuestro interés compulsivo por resolverle determinada situación. También existen aquellos individuos que sentirán la necesidad de repartir consejos por doquier, a quien se les cruce en el camino y sin que hayan debido desarrollar algún sentimiento especial hacia la persona aconsejada.

Es importante hacer notar que la impulsividad de estas personas se asienta en la absoluta convicción de que tienen la respuesta ideal a cualquier dilema. En muchos casos, la misma aumenta en la medida que “el sabelotodo” observa a su pretendido aconsejado tomar otro rumbo distinto al que él, como consejero, le ofrece. Esa madre que sin cesar aconseja a su hijo abandonar a la novia “porque no le merece” o insiste en su convicción de que debe cambiar sus estudios universitarios por otros “con mayor proyección de futuro laboral” no suele advertir de manera consciente el daño que puede estar causando a su hijo y a la relación existente entre ambos, amén de la realidad que tampoco logra enfrentar, de que objetivamente pueda estar equivocada, aunque este último aspecto no sea del todo relevante.


"Consejo” a los “sabelotodo”:

"No podemos ir por la vida resolviendo por la fuerza los problemas de los demás porque estaremos creándoles otro. Es difícil no involucrarse en la vida de un ser querido cuando estamos seguros que está por tomar una decisión equivocada y crucial. Pero debemos comprender con humildad que ese es sólo nuestro punto de vista por más claro que se nos presente. Habiéndole ofrecido nuestra idea una vez será suficiente para que dicha persona lo piense y tome una decisión. La suya propia y no la nuestra”.


Consejo” a los “que reciben consejos de los sabelotodo”:

"No debemos enfadarnos con quien por querernos y preocuparse por nuestro bien se vea impedido de frenar su impulsividad por decirnos en todo momento cuál es la forma correcta y la mejor manera de hacer algo. Deberemos dejar clara nuestra intención de escuchar o no sus ideas, la convicción de que seremos nosotros mismos quienes tomaremos nuestras decisiones asumiendo los posibles aciertos y errores. Luego, una vez claros estos conceptos también para nosotros, nos será más fácil seguir escuchándolo si es que nuestro insistente benefactor no puede evitar el continuar aconsejándonos”.


Antes de dar cierre al presente texto deseo hacer notar la existencia en la orilla opuesta del río por donde navegan “los comportamientos humanos”, de gente que, presa constante de su indecisión o falta de ideas, busca siempre el consejo de los demás. Estos casos no necesariamente se circunscriben a las relaciones familiares y/o afectivas como hemos podido apreciar en los casos anteriores, más bien lo hacen buscando el asesoramiento de gente que les inspira confianza y cuyo criterio en las decisiones es objeto de su admiración. Aunque también las hay que buscan recibir una opinión de todos excepto la propia. La paradoja consiste en que normalmente, las personas sedientas de aconsejar todo el tiempo no suelen encontrarse con las ávidas por recibir consejos. Este romance psicológico inconcluso nos dejará pensando en todos los posibles motivos de un amor que nunca llega a concretarse por falta de correspondencia entre sus necesitados.


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