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lunes, 21 de marzo de 2011

Una cuestión de políticas


Intento nunca juzgar a los demás. Tampoco en política. Aunque esto último resulta muy difícil en los tiempos que vivimos pero prefiero generalizar a correr el riesgo de errores individualizados. Cuando un tema me absorbe, me preocupa, me lastima, realizo esfuerzos por no exceder los límites de la mera opinión. La política en especial, que rechazo con todas mis fuerzas, por ser el caldo de cultivo donde se desarrollan los más letales gérmenes, se encuentra injerta en nuestra piel. Casi podría decirse que la llevamos en nuestros genes. La política es sucia no por lo que es sino por lo que de ella hacemos los humanos. Pero no existe criatura viviente que pueda ocuparse de ella excepto nosotros, por lo cual deberemos resignarnos y aceptar la misión. A grandes rasgos, esta disciplina atañe a todo lo relacionado con el bienestar de la sociedad, de los pueblos del orbe, de cada uno de los países, de mi ciudad, de tu barrio, del microcosmos en el que cada uno vive.

Si hay algo que nunca hice a la hora de "opinar" sobre alguna política gubernamental es basar mi opinión en lo que mi familia y yo hemos obtenido u obtendremos de sus decisiones. Creo que se trata del primer error que cometen los pueblos al dirigirse a las urnas. "Este gobierno es el mejor. Nadie ha hecho tanto por mí y por mi familia" o "estos se tienen que ir a sus casas. Me han arruinado la vida y la de mi familia". Estas frases tan repetidas, u otras del mismo tenor, han golpeado siempre mis tímpanos dejándome sordo de esperanzas. Aunque luego la sordera se haya ido disipando. "Yo, yo, yo... y todo lo que es mío." Es lo único que importa. Los demás ni siquiera existen. Lo que olvidamos tener en cuenta cuando aplicamos estos principios es que “yo y los míos tampoco existiremos para los demás". Esta "política", pero no la de los políticos sino la de los "politizados", los que debieran beneficiarse de una "política bien aplicada", es la que divide, desintegra, separa. Es la que permite a los buitres humanos "pelarse hasta los huesos" de una manera similar a la que sucede en la naturaleza salvaje. Los hambrientos pajarracos revolotean muchas veces viendo acercarse la oportunidad. Pero nunca descenderán a realizar su trabajo mientras encuentren una manada unida y fuerte. Siempre aguardarán a la presa que separada del grupo se debilita y muestra claros síntomas de no poder defenderse. Entonces atacan sin piedad y sin correr riesgos. De la misma manera que lo suelen hacer quienes dirigen "políticamente" nuestras vidas cuando nosotros mostramos que lo único que nos interesa es nuestro propio bienestar.

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