google-site-verification: google5c087a0da00728df.html 'cookieOptions = {...};' msg,En este sitio se utilizan cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios. Si continúas navegando, entendemos que aceptas su uso. ESCRITOS de Rudy Spillman: Mi elemento conflictivo (relato autobiográfico)



Búsqueda personalizada

lunes, 21 de marzo de 2011

Mi elemento conflictivo (relato autobiográfico)


De los cuatro elementos clásicos de la antigüedad, el fuego es el que más temor me ha infundido desde que tengo uso de mi memoria. Quienes analizan estas cuestiones desde un aspecto psicológico aseverarían que mi relación con el ardiente elemento comenzó durante los nueve meses en que cómodamente me gestaba en el vientre materno. Mis padres me habían contado en diversas oportunidades (porque traumas de tal magnitud no resulta suficiente contarlos una sola vez), que en aquella oportunidad se encontraban hospedados en el City Hotel de la veraniega ciudad de Mar del Plata. Tenían una hermosa niña de casi un año de edad, mi hermana mayor, y mi madre gozaba de un embarazo avanzado que me guardaba a mí en su vientre. Contaba con la ayuda permanente de una niñera o asistente, pues mi padre, siendo arquitecto de profesión, viajaba seguido. Corría el año 1949. Ese día se produjo un incendio en el hotel. Mi padre estaba de viaje, la niñera se escapó asustada, abandonando a mi madre que debió bajar las escaleras sola, con su pequeña hija fuera y yo dentro, en medio del humo y del pánico evidente que ella sentía en aquella situación. Por suerte, los tres salimos ilesos, físicamente. Respecto de los posibles traumas psicológicos no sabría decir pero supongo que cada uno de nosotros los habrá sabido somatizar a su manera. Incluso yo, que parecía estar muy resguardado dentro del bendito cuerpo de mi madre.

Sólo a avanzada edad me enteré de mis "infernales" comienzos prenatales. Sin embargo, desde muy pequeño me acompaña este temor obsesivo hacia el fuego que amén de calentarnos en invierno, eliminar desechos contaminantes y antihigiénicos, ser un elemento primordial de tantos usos beneficiosos y habernos permitido disfrutar de deliciosos asados, ha logrado mantenerme despierto durante sesenta años, aun mientras he estado durmiendo.

Hablando de asados, recuerdo cada uno de ellos y los preparativos. No podía faltar a un metro de distancia de la parrilla, un balde lleno de agua "por si acaso..." En algún rincón de mi casa siempre duerme de pie el rojo extinguidor dispuesto a dar su vida por nosotros. Y de igual manera en cada uno de los vehículos que he poseído.

Recuerdo la experiencia más traumática vivida en mi larga enemistad con el fuego. Jóvenes y radiantes estábamos con mi mujer y nuestra primera hija pasando unos días de descanso en la querida ciudad de Mar del Plata. Sí, nuevamente en Mar del Plata, cuyo revoltoso mar no parece haber alcanzado para apagar todos mis fuegos. Estábamos cómodamente ubicados en el pequeño pero acogedor departamento de mis padres. Aquella mañana a mi mujer se le ocurrió depilarse las piernas. No sabría decir si existían otros métodos como los disponibles hoy día pero en aquellos tiempos era común hacerlo con cera. Como de costumbre, colocó la lata del sólido material al fuego para que se derritiera.

De pronto, el olor se hizo intenso. Cuando quisimos acceder a la cocina la puerta se había cerrado. Llevaba esas manijas-cerradura que presionando en su centro pueden ser trabadas del lado interior y salir fuera. Misteriosamente, la manija interior había quedado en posición de traba y también se había cerrado. No había acceso a la cocina. Pero su puerta poseía una pequeña ventana rectangular transparente en su parte superior. Observé a través de la misma y pude ver el tarro inclinado sobre la hornalla, la cera goteando fuera y el palillo de madera abrazado por nacientes llamas. Literalmente desesperé.

Empujé, pateé, golpeé la puerta con todas mis fuerzas. Nada. Empecé a buscar algo con la vista sin saber qué y observando a la misma vez el desarrollo de los acontecimientos dentro de la cocina. De pronto vi las raquetas de tenis, tomé una de ellas y sin pensarlo dos veces me abalancé contra la puerta como un verdadero gladiador. No me costó demasiado trabajo romper por completo el vidrio de la pequeña ventana, aunque la raqueta se despedía así definitivamente de las canchas. Tampoco recuerdo bien si fue suficiente con mi brazo o debí introducir también parte del cuerpo. Abrí la puerta y llegué hasta el fuego que crecía lentamente pero no se extendía aún de los límites del tarro. Me detuve reprimiendo mi primer impulso de echarle un recipiente lleno de agua. Sabía que según el origen y extensión del fuego, existía una manera adecuada de extinguirlo Pero no sabía cuál era la forma correcta para apagar ese. No sabía. Y lo que me salvó en aquel momento fue saber que no sabía. Atiné a cerrar la salida de gas por la hornalla. Ello no implicaba peligro alguna y podría evitar peores consecuencias. Con extremo temor a que el resultado no fuese el esperado, me alejé lo más posible salpicando a la vez sólo un poco de agua que había obtenido de la canilla, a modo de prueba, sobre el tarro envuelto en fuego. Se produjo una instantánea explosión. Mis reflejos atinaron a cubrir mi rostro dando un paso hacia atrás. Pero un masivo humo negro lo cubrió todo, incluyéndome. Se fue disipando y dejándome ver las llamas todavía sobre el tarro, quizás ayudadas por la combustibilidad de la cera. Desesperado y vencido, tosiendo ininterrumpidamente y viendo crecer el fuego lentamente, salí a los pasillos del edificio pidiendo ayuda a viva voz. A veces, las personas adecuadas aparecen en el momento y lugar adecuado, en nuestras vidas. Apareció este hombre reposado y tranquilo. Venía hacia mí como quien pasea muy tranquilo por la vida. Era el portero del edificio. No tuve necesidad de decir palabra. Entró en el departamento, echó una mirada de inspección, ingresó en la cocina, se acercó al centro del fuego arrimando su cabeza de tal modo que me dio miedo. Y sopló fuerte como si estuviera intentando apagar las velitas de una torta de cumpleaños. El fuego se extinguió de inmediato. Sólo entonces pude detenerme a mirar a mi alrededor. Las paredes de la cocina habían quedado por completo negras. Las plantas de mis pies sangraban. Estaba descalzo y había caminado sobre los vidrios rotos de la ventana sin ni siquiera enterarme. Desde aquel momento en que vi el fuego en la cocina todo desapareció a mi alrededor. Quedé envuelto en una burbuja que me separó del mundo. Mi concentración fue abstraída por completo por el fuego. Me olvidé hasta de mí mismo y fui convertido en una sola obsesión: acabar con el fuego.

Contratamos al portero para que pintara las paredes de la cocina. Yo tosía cada vez más y escupía todo negro. Con mis antecedentes asmáticos la experiencia no resultaba para nada beneficiosa. Fuimos al hospital a hacerme un chequeo. Todo bien, continuaría viviendo. Estuvimos los tres paseando por la ciudad y respirando el aire puro marplatense durante largas horas. A partir de ese día me cuidaría más del fuego. Mi respeto y temor por él antes bien que extinguirse, crecerían.

Imagen: Diego Godoy

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...