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lunes, 21 de marzo de 2011

Acompañada soledad


De niño fui solitario. Solían pensar que no era capaz de hacer amigos. O quizás era yo quien lo pensaba. Pero lo cierto es que pareciera que nunca sentí la verdadera necesidad de tener amistades. Y así fui creciendo con una semi soledad repleta de mí mismo. Sin embargo, mi carácter taciturno y huraño no me impidió conocer una mujer, enamorarme, enamorarla y formar una familia desbordante de amor, cuyas cuatro enraizadas ramificaciones continúan floreciendo. Aún hoy, 35 años después, el macizo tronco de nuestro árbol se mantiene erguido. Nos nutrimos de la misma savia y nos procuramos sombra unos a otros según de que lado caliente el Sol. Nos cubrimos todos juntos de las tormentas, arraigados siempre a la Madre Tierra y mirando hacia arriba, al Cosmos, nuestro origen y posada final.
De pequeño, nunca pude comprender las sensaciones de soledad y de aburrimiento. Sí, las de angustia y depresión. Hoy, comprendo también las primeras, pero en los demás, ya que continuo desconociéndolas por no haberlas experimentado nunca. Llego a la conclusión de que yo, personalmente, no debo tener mucho que ver con esto que me ha sucedido y me sucede. Mi otro "yo", el que habita dentro de mí, debe de haber sido muy buen compañero. El mejor. Juntos, he aprendido que él es el único a quien puedo contarle todo, textual, sin restricciones.
La gente suele llamar a esto "autosuficiencia". Pero yo no me siento autosuficiente. Necesito de los demás, aunque de otra manera. También podría pensarse que dentro de este comportamiento mi ego irá inflándose hasta explotar. Pero es que el "otro" no soy "yo". Es "otro" en el más estricto sentido de la palabra. Sería una especie de "desdoblamiento de la personalidad" pero no de carácter patológico ya que este "otro" no soy yo y nunca interactúa con el medio. Esta situación, en vez de enfermarme me permite sentirme cada vez más sano.
Y este señor, el "otro", es el que me ha permitido descubrir en mí facetas que yo mismo desconocía por ser difíciles de aceptar. Él me enseñó la imprescindibilidad de aceptarse a uno mismo por completo y tal cual uno es, para que a partir de ese punto pudiera decidir qué es lo que deseo cambiar e intentarlo. Me mostró a través de los años que existe una sola persona capaz de no sentir hacia mí, odio, celos, envidia, competencia. Y que sólo puede sentir amor. Él, el mismo, mi inseparable compañero. El que me permitió a partir de entonces empezar a desarrollar una creciente muestra de amor por los demás. Porque el amor ya existe y está siempre en todos nosotros. Lo que nos falta saber desarrollar es "la muestra".  Entonces sentí caer la ficha y se asomó a mí, temerosa pero atrevida, la pregunta obligada:
¿Cómo iba yo a necesitar amigos teniendo siempre a mi lado semejante compañero?

R. S.


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