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lunes, 21 de marzo de 2011

De amores, de sueños y de copas

Lucía y Emmanuel habían hecho una vida juntos. Habiéndose conocido en una eventual reunión de adolescentes hacía casi veinte años, ambos recibieron en aquella oportunidad el mismo flechazo. Contrajeron matrimonio apenas a los dos meses de haberse conocido. Y lo hicieron perdidamente enamorados. Entre sinsabores, contrariedades y momentos felices fueron sucediéndose sus años juntos, queriéndose cada vez más. Cada situación adversa que debían atravesar los fortalecía en su relación. Cada alegre eventualidad los unía más para compartirla juntos. No se habían equivocado.
Emmanuel llegó esa tarde fría de otoño a su hogar, después del trabajo, y encontró a Lucía llorando. Al verlo ingresar a la casa, lejos de intentar disimular ella irrumpió en un llanto aún más intenso, como si la sola imagen del marido fuese el motivo de su angustia.

- Pero ¿qué te pasa mujer que lloras de esa manera? -


Emmanuel tomó a Lucía por los hombros, y con suavidad extrema, cual si fuese de cristal, la acompañó a la sala de estar. Sin palabras la invitó a sentarse y trajo las acostumbradas copas de champaña que solía reunirlos a veces por las noches a charlar. Hacía un tiempo ya que aquella hermosa costumbre había quedado en desuso. Así nomás, sin hablar, sin decisiones, se había ido esfumando, evaporándose entre las insaciables burbujas del querer, diluyéndose entre los rincones de un nostálgico pasado.

- Bueno, supongo que me dirás qué es lo que te angustia tanto, Lu...-


La dulzura y comprensión que siempre cargaban sus palabras no habían disminuido con el tiempo.

- Sí, sí... por supuesto que te lo diré... pero no es fácil...-

- Por eso he traído la champaña... –
acotó el todavía risueño Emmanuel.

Veintiocho minutos debieron transcurrir para que Lucía encontrara las palabras y se animara a decirle al marido que ya no lo amaba. No había motivo alguno para que ese amor tan profundo se diluyera pero había sucedido. Durante todos aquellos años, la comprensión, el interés del uno por el otro, incluso la pasión, aunque haciéndose más apaciguada y distante con el tiempo, les había permitido a ambos disfrutar de un matrimonio sin un "sí" y sin un "no". Lucía se sentía culpable, un ser deplorable. Su vergüenza le impidió mirar a Emmanuel a la cara cuando con sus labios temblorosos le daba la noticia y a la vez le formulaba la pregunta:

- Me enamoré de otra persona. ¿Cómo pudo esto suceder? -

Ella misma se lo preguntaba, temerosa de la posible reacción adversa del marido. Pero en cambio se encontró con un marido sorprendido pero a la vez comprensivo. Supo entenderla, consolarla y sugerirle que ella no era culpable sino que ambos eran víctimas de las circunstancias. Él valoraba la valentía de su mujer enfrentando la situación y diciéndole la verdad. La amaba sin egoísmo, y ello significaba que deseaba su felicidad aunque ésta estuviera en los brazos de otro hombre.

**********************

- ¡Emmanuel, querido...! ¿Qué te pasa? ¿Porqué lloras? ¡Estás transpirando! Tuviste una pesadilla, mi amor... -

Emmanuel, más que despertar sobresaltado pareció escapar de aquel sueño. Con el rostro mojado en lágrimas y sudor se mostró complaciente de haber vuelto a la realidad. Palpó con sus manos el colchón que compartían, se cubrió por un momento el rostro secándolo en parte y abrazó a Lucía con fuerza, como si en vez de haber despertado de un mal sueño hubiese vuelto de la misma muerte.

- Me contarás qué es lo que soñabas, ¿no? -


- Por supuesto, mi amor. Esta noche, mientras tomemos nuestras acostumbradas copas de champaña -.

R. S.



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